Los políticos ¿son raza maldita?

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Odiar a los políticos profesionales y los tras-bambalinas, es un deporte al parecer mundial, no exclusivo de algunas naciones. Son todos, al parecer, una raza maldita. ¿Se justifica este odio tan popular? ¿Son realmente personas deshonestas, egoístas, vendidas al mejor postor o sumisas vergonzosamente al líder en turno? ¿Qué podemos pensar al respecto?

Es interesante reflexionar un poco sobre el tema. Primeramente, es bueno recordar, y creo que aplica muy bien al caso, el viejo principio de que las generalizaciones, al menos sobre las personas, no son aceptables, no son válidas.

La verdad es que los ejemplos de malos políticos, incluyendo ladrones, traidores y hasta criminales llegando al homicidio, están siempre presentes en los medios de comunicación. Allí están los casos sonados y graves de corrupción, de robo y mal uso de recursos públicos, los del despilfarro, del nepotismo, del abandono de sus obligaciones laborales y otros más.

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Llevando el caso de políticos corruptos al extremo, llegamos a aquellos que han tomado el poder por medio del golpe de estado, de la revuelta y de las artimañas de todo tipo para conseguir, por la buena o por la mala, el voto necesario para usurpar y conservar el poder público. Allí están los dictadores, los asesinos de masas de ciudadanos inermes y los genocidas. Todos son “políticos”.

Tenemos dictadores inmensamente enriquecidos, viviendo en la mayor opulencia, pero rodeados de miles, millones de familias en extrema pobreza, carentes de lo más indispensable. Estos, son los extremos. Pero hay más tipos de políticos.

Los más comunes, son los políticos que viven pegados a la ubre fiscal, cuya vida transcurre de cargo público en cargo público, “al servicio de la patria” pero realmente a su propio servicio y el de sus allegados. Roban cuanto pueden, trabajan lo menos posible, se publicitan y auto-elogian lo más que pueden, son serviles “hasta la ignominia” como bien se dice, ante quienes tienen más poder, dependiendo precisamente de su favor para seguir en los puestos públicos.

Esos mismos políticos, que se humillan ante el jefe, el patrón, el presidente, a su vez tratan despóticamente a sus subordinados, haciéndoles presente que les deben su puesto, su trabajo, su sueldo y pocos o muchos favores. Es una cadena de servilismos, voluntarios o forzados, pero también una cadena de complicidades: roba pero deja robar, “salpica”, dicen.

El conocimiento de los hechos deshonestos de los demás hace que, por supervivencia de grupo, se solapen mutuamente: no dices y yo no digo. Las redes de corrupción son eso, redes, en la mayoría de los casos. Otras veces, se calla sobre el delito ajeno para no hacer olas, no despertar la conciencia ciudadana.

Otro aspecto conocido de corrupción política en el uso del poder público, es el de favorecer a los amigos o conocidos en la contratación de obras, servicios y adquisiciones en general, sea a cambio de, como se dice en México, un “moche”, una “corta feria”, y más comúnmente de un diezmo (que puede ser más de diez).

Pero este no es todo el panorama, está también el reverso de la moneda, la de los buenos políticos, de esos que son honrados, dedicados a su trabajo por el bien común, que tratan de ser tan eficientes junto con sus colaboradores y pares como sea posible. Luchan contra las mafias en el poder, las redes de corrupción, las de incompetencia laboral y a favor del ciudadano común y su familia y de la paz.

Sí amigos, sí hay otro tipo de político. A los buenos políticos en el mundo en general, las naciones y los pueblos les deben muchas cosas. De ellos han salido las leyes, las políticas y las acciones a favor de la población, de los más necesitados. Los buenos políticos acabaron con la esclavitud, han reducido en lo posible la explotación de los pueblos, han conseguido la independencia de países sojuzgados, y han luchado por la paz entre las naciones.

Las leyes que protegen al trabajador, que establecieron jornadas máximas de trabajo, salarios mínimos, servicios de salud, prohibición del trabajo infantil, condiciones salubres de trabajo, vacaciones pagadas, tiempos para que una embarazada dé a luz, antes y después del parto, son todas medidas conseguidas por buenos políticos luchando contra grandes intereses.

Los servicios públicos de salud, la promoción de la vivienda familiar, de la educación de los niños, jóvenes y adultos, de la creación de universidades, de las redes de comunicación de pequeñas poblaciones y otras obras públicas, son en mucho acciones de buenos políticos, aunque en ello otros se aprovechen.

Las luchas ganadas en el plano legal contra el racismo y la discriminación, son obra de buenos ciudadanos en sus trincheras y de buenos políticos, igualmente lo son las de defensa de los derechos de las mujeres. La defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, de la familia y del matrimonio y de muchos otros derechos humanos, firmados en tratados internacionales, los lograron buenos políticos. Los avances de la democracia también son su éxito.

La actual Unión Europea, que ha fortalecido los lazos económicos, sociales y políticos de naciones que pelearon entre ellas por siglos, son obra de políticos dedicados, inicialmente por un gran político, de origen germano–luxemburgués, Robert Schuman.

¿Qué podemos decir del admirado por generaciones actuales y que lo será por otras más, Martin Luther King, y otros héroes defensores de los derechos humanos en el mundo? Era un político, no otra cosa. ¿Y Nelson Mandela?

No, no podemos generalizar, no podemos satanizar ni condenar por parejo a “los políticos”, no son una raza maldita ¡sólo algunos! Los hay buenos hasta la excelencia -mejoran al mundo-, los medianitos o mediocres y los malos, hasta llegar a los más perversos, para quienes el poder es lo más importante de la vida, cueste lo que cueste. De todo hay en la viña (política) del Señor.


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