La faramalla del aeropuerto

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El sustantivo femenino “faramalla” significa en nuestro país, de acuerdo con el Diccionario del Español de México, un “gesto exagerado, aparatoso y de poca sustancia”. Para ilustrar el empleo de la palabra ese diccionario, editado por El Colegio de México, presenta el siguiente ejemplo: “Así que desde el día uno sabíamos que habría fiestón loco; que el gobierno iba a gastarse el dinero en pura faramalla”. Vaya texto tan acertado, tan cercano a la penosa realidad que ha sufrido nuestro país desde hace décadas.

Como ejemplo evidente de una gran faramalla gubernamental puede recordarse la que se dio recientemente, el pasado febrero, en una de las funciones del circo a tres pistas conocido como “la mañanera”. Sucede que en esos días la Auditoría Superior de la Federación (ASF) dio a conocer los resultados de su programa de auditorías a la Cuenta Pública de 2019 y, como era de esperarse, el presidente López Obrador acusó al organismo de querer dañar su gobierno.

Ese ejercicio de fiscalización del gasto público por parte de la ASF fue, además de profesional, amplio, pues incluyó el empleo de los recursos federales por parte de los gobiernos locales, así como de los otros poderes. Pero las observaciones más interesantes hechas en la auditoría resultaron ser, por mucho, las relativas a las erogaciones del propio gobierno federal en 2019, aun cuando solamente fueron auditadas un treinta por ciento de ellas.

El informe reporta un buen número de faltas graves, pues deben ser consideradas como tales hasta que no sean clarificadas o subsanadas por la administración federal. Como ha sucedido año tras año, las erogaciones de Pemex y la CFE se llevan los más altos “honores” en el informe de la ASF. Pero hay otras observaciones igualmente serias, en especial sobre los actuales programas sociales, algo que era infrecuente en administraciones anteriores. Por otro lado, en el caso de la inversión pública poco pudo decir el informe, pues en 2019 ésta fue, para desgracia del país, mínima.

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La faramalla, el alboroto que fue hecho para obscurecer las otras acusaciones de la ASF en su informe, tuvo como pretexto el costo final de la cancelación de lo que iba a ser el aeropuerto internacional de Texcoco. Según la ASF se tiraron a la basura alrededor de 332 mil millones de pesos. Según el presidente, eso es una sobrestimación “de más de 200 mil millones de pesos”. ¿Cuál de las partes tiene la razón? Ninguna de ellas, pero la equivocación de la ASF fue la menor: el costo total excedió fácilmente los 240 mil millones. Por un lado, alrededor de 80,000 millones de pesos ya habían sido invertidos o estaban a punto de serlo. Por el otro, más de 160,000 millones en bonos de aquel aeropuerto siguen en manos de inversionistas (muchos de ellos extranjeros). Esos bonos se convirtieron en otro pasivo de la nación.

Pero, al final del día, el asunto no es una cuestión de números. La faramalla fue puesta en práctica para menoscabar la credibilidad de todo el informe de fiscalización y para, lo cual es más preocupante, tratar de amedrentar a las autoridades de la ASF. Esperemos, por el bien de todos, que ese episodio no influya en el trabajo futuro de los auditores.


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