Kamala, pura risa EEUU y Mexico, sin línea estratégica

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Por Carlos Ramírez

El fugaz encuentro público de la vicepresidenta de EEUU con el presidente de México el viernes 7 de mayo dijo muchas cosas al no decir nada. La funcionaria de la Casa Blanca repitió, leyendo un documento, lo que ya el presidente Biden había dicho al presidente López Obrador el 2 de marzo y el mexicano, inclusive, también repitió entre risas mutuas su referencia al dicho de que México está lejos de Dios y cerca de EEUU.

En medio de las evaluaciones oficialistas y de relleno, lo que quedó claro en esos dos encuentros fue que ninguno de los dos presidentes tiene una verdadero enfoque estratégico y línea de acción correspondiente para sí y con el otro y que las cosas seguirán sobresaltándo la circunstancia. A México siempre le ha convenido la confusión en la lectura mexicana de las oficinas de Washington porque le deja un mayor margen nacional de maniobra.

La relación estratégica entre ambas naciones se determinó con el Tratado de Comercio Libre de 1991-1994. Washington firmó el acuerdo comercial sin posicionar sus preocupaciones de seguridad nacional, migración y seguridad fronteriza. Hoy ya no hay tiempo. En los hechos, EEUU depende más de México con un Tratado que amplió las inversiones estadunidenses y México puede lidiar con más o menos relaciones comerciales basadas en la maquila y no en líneas productivas originarias.

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Las relaciones de EEUU con América Latina –y México en ese espacio– tuvieron un largo periodo conflictivo derivado de la presencia en la región de la Revolución Cubana y su exportación a varios países. Por ejemplo, La Habana determinó el papel de la izquierda socialista y progresista en México de 1957 a 1968, en menor medida hasta 1982 y como peón estratégico con Washington de 1983 a 2000. La falta de respeto del presiente Vicente Fox al comandante Castro al pedirle “comes y te vas” diluyó la influencia guerrillera. El neoliberalismo 2000-2018 no pasó por Cuba.

Por parte de EEUU hubo también oscilaciones. Nixon-Kissinger (1969-1974) y Reagan (1981-1989) buscaron redefinir el perfil ideológico de los gobiernos latinoamericanos, con el periodo intermedio de Carter (1977-1981), los tres con casos especiales latinoamericanos que les estallaron en las manos: Chile a Nixon, Panamá a Carter y Nicaragua a Reagan. Aunque los movimientos revolucionarios ganaron espacios, al final fueron aplastados con el golpe militar impulsado por Washington en Chile, la muerte de Torrijos en Panamá y la corrupción sandinista.

La caída de la Unión Soviética (1989-1991) desdramatizó el escenario latinoamericano, China sigue sin poder entrar, Hussein encontró algunos grupúsculos adictos y Corea del Norte llegó a entrenar a guerrilleros mexicanos, pero en el fondo por lados marginales. La Casa Blanca de manera casi literal se olvidó de América Latina de 1993 (William Clinton) a 2020 (Trump), buscó un acercamiento con Cuba en el gobierno de Obama (2015-2016) y se encontró con un líder cubano con una agenda ya del pasado superado y no aprovechó la oportunidad de las circunstancias.

Ahora el presidente Biden dice –sólo dice– que vienen nuevas relaciones. Sin embargo, en su aparato de seguridad nacional y en su discurso de defensa nacional no hay cabida para enfocar a la región latinoamericana con otros ojos que no sean los militares. La Casa Blanca apenas está revisando el mapa estratégico de América Latina y se ha encontrado con gobiernos locales sin contrapesos regionales, dictaduras políticas blandas y sobre todo desarrollo social deteriorado por la falta de un verdadero modelo de desarrollo. Y como dato superior, los estrategas de Washington están viendo a America Latina sólo desde la perspectiva de la seguridad nacional en clave delincuencia organizada.

América Latina le sirvió a EEUU para contener a la Unión soviética y alimentar a guerra fría ideológica con un muro de represión continental. El olvido estadunidense respecto de la región latinoamericana se dio en la coyuntura de la desaparición de la Unión Soviética; sin Moscú, La Habana perdió influencia y recursos. Y los dólares petroleros de Hugo Chávez apenas alcanzaron para fondos indispensables de las precarias economías revolucionarias.

La relación de Biden con México es aislada, no se contextualiza en el escenario regional y apenas toca el punto del desarrollo sólo en el triangulo centroamericano del Norte –Guatemala, Honduras y El Salvador– y sin meterse en lo ideológico: a Washington le preocupa la pobreza centroamericana no por la radicalización ideológica como en los ochenta, sino por la presión migratoria hacia territorio estadunidense.

Los dos temas de la agenda EEUU-México –Centroamérica y seguridad– tampoco tienen enfoques de seguridad estratégica, sino sólo fronteriza. Washington dejo clara ya la idea de que le gustaría que México siguiera haciendo lo que hizo con Trump: convertirse en un muro de contención de la migración social masiva. Los cuatro mil millones de dólares contabilizados por Biden son apenas una gota de agua en el desierto, no tendrán efecto social y tampoco disminuirán la migración.

México, a su vez, no tiene más estrategia con Washington que la distancia: no meterse en las líneas mexicanas de gobierno, sobre todo, que no imponga su política de persecución de bandas criminales porque, a decir de México, sólo genera matanzas y conflictos. Lo malo para México radica en el hecho de que la línea central de la política contra las bandas la define la DEA y no el Departamento de Estado y los agentes antinarcóticos nada saben de estrategias diplomáticas o de seguridad fronteriza.

Al final, el presidente López Obrador ha definido una línea bilateral de tipo aislacionista, no nacionalista, pero con los datos de que Biden es un presidente flojo en tareas de seguridad nacional y la vicepresidenta Harris ignora el potencial del poder de la Casa Blanca y se la pasa riendo.

El autor es director del Centro de Estudios Económicos, Políticos y de Seguridad.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico.

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@carlosramirezh


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