Francisco y la pederastia

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Por décadas la jerarquía eclesiástica intentó ocultar el problema y lo atribuyó a meras campañas de desprestigio.

Nadie puede negar la trascendencia que ha tenido la reciente visita del Papa Francisco a Estados Unidos en la que nuevamente fijó posición sobre temas polémicos que están en la agenda pública tanto del país vecino como en el resto del mundo y que involucran grandes intereses.

Seguramente en cada una de sus intervenciones hay algo que resaltar, pero sin duda los discursos que acapararon la atención y generaron mayores reacciones fueron los que pronunció en el Capitolio -en el que por primera vez un Papa se dirige al congreso norteamericano- y en la Asamblea General de la ONU.

Con gran habilidad, en un tono suave, sin estridencias o confrontación se refirió a la crisis de refugiados que no tiene precedente desde la Segunda Guerra Mundial, se pronunció por la defensa del medio ambiente y la necesidad de entender la relación entre la pobreza y la degradación de la naturaleza, advirtió de la otra guerra que representa el narcotráfico que cobra la vida de millones de personas así como de la sumisión asfixiante de los sistemas crediticios que en lugar de progreso generan mecanismos de mayor exclusión y dependencia, y también reiteró que el ser humano siempre debe estar por encima de los mercados.

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Quizá uno de los momentos más emotivos y de mayor impacto por el debate que se ha desatado en Estados Unidos con motivo de las próximas elecciones presidenciales, fue cuando habló de la migración ostentándose como hijo de inmigrantes: “Nosotros, pertenecientes a este continente, no nos asustamos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros” haciendo clara alusión a aquellos que, traicionando su origen, han hecho del discurso anti-inmigrante su principal bandera.

Sin embargo, otro tema particularmente sensible para la iglesia católica y que precisamente abordó en uno de los países donde se acusa que los responsables fueron solapados incluso por el mismo Vaticano, no ha tenido la debida repercusión y me refiero al abuso sexual de que han sido víctimas un número indeterminado de menores -pero que podrían sumar miles-, perpetrado por sacerdotes.

Por décadas la jerarquía eclesiástica intentó ocultar el problema y de hecho, ante las denuncias que con el paso del tiempo se fueron incrementando -al igual que las evidencias-, las atribuyó a meras campañas de desprestigio lo que es censurable pues además de que no repararon en las gravísimas consecuencias que provocaron en las víctimas, llegaron al extremo de silenciarlas a través de una manipulación psicológica brutal o de plano con amenazas directas con la consiguiente revictimización.

Es por ello que el reconocimiento expreso que ha hecho el Papa Francisco a pesar de las resistencias que ha enfrentado, así como su condena a los sacerdotes pederastas a quienes calificó como antropófagos representa un paso importante pero a todas luces insuficiente para desagraviar a quienes han padecido la omisión o complicidad de la iglesia que permitió que sujetos deleznables como Marcial Maciel pudieran actuar con total libertad utilizando su ascendencia “moral”, y mucho menos para garantizar la no repetición.

Es indispensable que las palabras se conviertan en acciones concretas para prevenir la comisión de este abominable delito y sancionar con el mayor rigor tanto a los culpables como a quienes los encubren, es urgente que dejen de negar una realidad que tanto daño ha causado a su imagen y sobre todo a la credibilidad de la iglesia, y que de una vez por todas acepten las recomendaciones emitidas por el Comité sobre Derechos del Niño de la ONU.


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