Entre México y una pandemia desnuda

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Ya es común afirmar que el mundo no será el mismo después del coronavirus. El análisis, sin embargo, no suele ir más allá de temas más o menos triviales, como la cotidianidad de mascarillas, mesas distanciadas en los restaurantes, escritorios separados en las escuelas o pasaportes sanitarios. Unos cuantos van más allá y hablan de sociedades fragmentadas o de una suerte de neo feudalismo. Aquí y allá se discute sobre la tendencia globalifóbica al aislamiento “nacionalista” —que por cierto precede al covid-19— o la tentación autoritaria o de plano totalitaria escondida tras el pretexto de proteger la salud de la población. Pero lamentablemente casi nadie aborda lo más importante: el imperativo de crear, con visión de futuro, un modelo económico y social que contrarreste la desigualdad.

Los análisis parten, dicho sea de paso, de la premisa de que habrá nuevos virus que nos pondrán una vez más en jaque. De otro modo no se entendería que asuman que la actual excepcionalidad es irreversible. Habrá una vacuna y, aunque tarde un par de años en aplicarse masiva y globalmente, llegará el momento en que el coronavirus será como la viruela o la influenza. Es decir, tarde o temprano podremos regresar a nuestros antiguos usos y costumbres, y si no llegamos a hacerlo será por otra alerta viral (o tal vez porque nos gustaron el home office y el Zoom y decidimos adoptarlos permanentemente).

¿Y los mexicanos? Creo que replicaremos en lo general los mismos patrones, y que en más de un sentido volveremos a la vieja anormalidad. Quizá la diferencia con los demás países será que en el nuestro nos lanzaremos con más prisa y menos precauciones a las congregaciones masivas. Y es que el encargado de manejar la emergencia en México, el Dr. Hugo López Gatell, es un discreto partidario de la “inmunización de rebaño”, ese darwinismo sanitario que procura el contagio masivo para que la mayoría genere anticuerpos, aunque en el camino se mueran quienes no resistan al virus. Es, además, el único científico del que tengo noticia al que no le interesa medir: desdeña las mediciones con el argumento de que la pandemia es inconmensurable —como si diera lo mismo minimizar que maximizar el subregistro—, presenta cifras muy dudosas y modifica reglas y predicciones con la misma frecuencia con que cambia de corbata. Su estrategia parece resumirse en una frase: si no puedes vencer al coronavirus, únete a él.

El fenómeno de nuestro tlatoani anticovid es digno de estudio. Tiene miles de defensores, algunos bastante ilustrados, que ven una realidad opuesta a la que otros vemos. Para mí, por ejemplo, es evidente que el anhelo de poder ha politizado el mando técnico. López Gatell es el primer tecnócrata que produce la 4T: usa el tecnos para obtener el cratos.

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Se vale de sus conocimientos médicos para consolidar su papel de hombre poderoso y, ensoberbecido por los reiterados aplausos presidenciales, trata con creciente prepotencia a periodistas, senadoras y hasta premios Nobel. Peor aún, el presidente lo elogia y a cambio él, sin pudor alguno, lo engaña, como engaña a la gente que lo idolatra. Ha ideado una caja negra donde se procesan estadísticas con criterios insondables, una que proyecta la imagen de que México va muy bien y que genera tablas comparativas tramposas para complacer a AMLO, aunque luego tropiece con ellas. No se atreve a contrariarlo pero sí a mentirle. Y cuando algún especialista descubre sus triquiñuelas —que me perdone don Mario Moreno por la comparación— revive al personaje que protagoniza Cantinflas en “El Señor Doctor”, como sugirió un video meme.

Para Ortega y Gasset la política era el imperio de la mentira. Yo diría que nadie es más peligroso que el engañador que finge bonhomía, que goza de credibilidad y que tiene poder para imponer designios inconfesables. Somos minoría quienes nos indignamos porque Gatell prefiere enfrentar el embate pandémico a ciegas (al fin y al cabo desea que todos nos infectemos y solo busca esparcir el contagio en el tiempo para evitar que los infectados saturen los hospitales y los cadáveres se amontonen en los crematorios). Son legión los que se niegan a ver que le vende a AMLO la falacia de que las pruebas son prescindibles y que no conviene gastar en ellas ni enriquecer más a quienes lucran con la “ciencia neoliberal” (y vía una demagogia tecnocrática da justificaciones pseudocientíficas a los deseos presidenciales de no usar cubrebocas y de relajar el confinamiento para salir de gira). Con todo, no nos queda más remedio que estar atentos. En un descuido el ingenioso galeno podría revelarnos en qué parte del cerebro se gestan la ambición, la arrogancia y la arbitrariedad (no agrego la perversidad porque no empieza con A).

Cierro el preocupante paréntesis mexicano y vuelvo al principio. ¿La transformación del mundo trascenderá los modos de convivencia? ¿Se reivindicará lo público, empezando por los sistemas de salud? ¿Se empezará a construir una civilización isocrática? Confieso que me gana el escepticismo. Tengo para mí que el establishment global se quedará en su perplejidad ante las exigencias y protestas sociales, creyendo que la gente que sale a la calle debería agradecer que ya no se muere de hambre y tiene acceso a internet. Tardará en comprender que lo que yo llamo “la era de la ira” se incubó en la paradoja de una globalización que concentró la riqueza y redistribuyó el conocimiento, y que la desestabilizante realidad de nuestro tiempo es producto de esa mezcla explosiva: los muchos que tienen y deciden poco saben lo suficiente para exigir equidad a los pocos que tienen y deciden mucho.

 


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