Elecciones 2015 (II)

0
196

Entre los ingredientes relevantes de la elección de medio término, destacaba en la nota anterior (“Elecciones 2015 (I)”, 6-IV-2015) el riesgo de que el PAN se autoanule como alternativa política, en la medida en que renuncie a abrir y protagonizar el debate electoral sobre la gestión del actual gobierno. Un debate que conduzca a alterar los equilibrios en el Congreso y, por tanto, que induzca al presidente Peña a modificar sus políticas, especialmente en materia económica, de seguridad y frente a la corrupción. El PAN debe promover, sin rubores, el voto de castigo al PRI: debe responsabilizar a ese partido y a sus socios verdes por cada oferta incumplida y por cada omisión de los últimos tres años. Es lo que cualquier partido en su circunstancia debería hacer.

Esta elección también tiene un ingrediente en el terreno de las oposiciones de izquierda. La experiencia electoral de 1988 sembró una razón pragmática en el espectro ideológico autodenominado de “izquierda”, ese abanico que ha abarcado desde los nostálgicos del comunismo hasta la socialdemocracia tardía: la construcción de una oferta “única” es condición necesaria para el triunfo electoral. Dicho de otra manera: la izquierda fragmentada es izquierda electoralmente testimonial. La fundación del PRD fue la materialización política de esa razón pragmática e hizo posible que la izquierda ganara alcaldías y gubernaturas (incluida la estratégica Ciudad de México), una importante porción del Congreso y que disputara en dos ocasiones con seriedad la Presidencia de México. La izquierda enfrentará el enorme proceso electoral de 2015, dividida: el viraje pactista de la dirigencia actual del PRD abrió la coyuntura a López Obrador para formar su nuevo partido y capitalizar el desgaste de la estrategia de colaboración; un buen número de liderazgos perredistas serán candidatos de otros partidos y varios de sus exdirigentes se han apostado por construir plataformas políticas alternativas; las encuestas auguran un traspaso de votos hacia partidos marginales y, por tanto, el muy probable desplazamiento del PRD como una de las tres principales fuerzas políticas del país. La gran incógnita para la gobernabilidad es de qué tamaño será y qué pasará con la izquierda parlamentaria si tres o cuatro partidos logran representación en el Congreso. Lo cierto es que, inevitablemente, la fragmentación de las izquierdas reducirá su influencia electoral y probablemente legislativa en la segunda mitad del sexenio en curso.

El sistema de tres grandes partidos que se consolidó, gracias al gradualismo reformador, durante la transición democrática, no sólo está en tensión por el surgimiento de nuevas opciones desde la trinchera de las izquierdas, sino también por el notable crecimiento electoral del PVEM y por la reciente aparición de las candidaturas independientes. El Verde es el nuevo partido satélite del sistema: si bien su razón de existencia no es la legitimación de la competencia, sirve al propósito de abrir espacios de representación a los intereses que nutren al régimen. Sus listas de representación proporcional son curules y escaños para crear y acomodar alianzas. No tiene existencia electoral, política o parlamentaria propia. Sin narrativa, programa o identidad, fuera de unas cuantas posiciones de populismo emotivo como la pena de muerte o los circos sin animales, el PVEM es un instrumento para burlar las reglas de postulación de candidatos (entre ellas, la cláusula de paridad de género), para evitar que el voto indeciso se mude hacia opciones distintas al PRI (especialmente entre la clase media y los jóvenes) y para definir, a través del sistema de coaliciones, el resultado en elecciones en las que la competencia se cierra entre dos partidos. Con toda suerte de trampas y violaciones a la ley, el PVEM puede disputar la tercera fuerza al PRD, y en un escenario igualmente probable, ser la llave de la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados.

-Publicidad-

Si bien las candidaturas independientes no proliferan ni han resultado ser esa válvula de oxigenación del sistema democrático, entre otras razones por los requisitos que se les impuso y por el fuerte protagonismo de los partidos tradicionales, sin duda ya empiezan a desafiar al sistema de partidos. Pero no por la vía de la participación alternativa: los independientes más visibles de esta competencia no resultaron ser aquellos ciudadanos que decidieron involucrarse en la política, sino escisiones y tránsfugas de los propios partidos. El dato es positivo: los partidos enfrentan mayor competencia al interior, incentivos a captar o conservar liderazgos y deciden con la amenaza explícita de la fuga. Así pues, difícilmente veremos el surgimiento de opciones ciudadanas, pero sí partidos sujetos a mayor estrés interno que, eventualmente, cambie sus hábitos decisorios y sus rutinas internas.

Frente a la crisis de expectativas que sufre la democracia y el descrédito de la política institucionalizada, de nueva cuenta aparece el llamado a la abstención o a la nulidad del voto. Por desgracia, es el nuevo campo de batalla del populismo de lo políticamente correcto. Dejar de votar o anular no cambia las cosas: por el contrario, fortalece la representación de los partidos que compiten. A menos que vayamos hacia un escenario de ruptura constitucional, las elecciones, poco o muy participativas, van a decidir la conformación del poder. La no participación como mensaje podrá o no ser persuasiva y deslegitimar o no a las autoridades electas, pero inevitablemente serán y harán gobierno. La vía para cambiar la realidad es exigir más de la política y de los políticos. Y el voto es, para esos efectos, el mejor instrumento. El voto informado, consciente, útil. No ese testimonio que quedará en poco más que en estadística para los anuarios electorales .


There is no ads to display, Please add some

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí