lunes, abril 27, 2026
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Deuda al alza: el festín que pagaremos mañana

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Órale, compas, el Fondo Monetario Internacional ya soltó la bomba y no viene con moño. Según sus proyecciones recientes, la deuda pública de México se trepará al 62.7% del PIB para finales de 2026 y llegará cómodamente al 63.4% en 2030, al cierre del sexenio de la presidenta Claudia Sheinbaum. Es el nivel más alto en más de dos décadas, rompiendo el techo del 60% que se mantenía como una especie de muralla invisible.

El culpable principal, según el organismo, es el aumento en el gasto del gobierno federal, sobre todo en programas sociales. Esa máquina de transferencias que tanto aplauden en las mañaneras sigue tragando recursos, y el déficit fiscal no da tregua. Mientras el crecimiento económico se mantiene modesto, la deuda bruta sube como la espuma: de 61.8% en 2025 a cifras que empiezan a preocupar hasta a los más optimistas.

Desde Palacio Nacional defienden la estrategia con argumentos conocidos: los programas sociales son inversión en la gente, reducen la pobreza y generan lealtad ciudadana. “Es gasto productivo”, repiten, y aseguran que la recaudación mejora y que Pemex e infraestructura también reciben su parte. Para muchos seguidores, criticar esto es atacar el corazón de la transformación.

Pero la ironía es cruel. Mientras se reparten apoyos con bombo y platillo, la deuda acumulada significa que los mexicanos de mañana —nuestros hijos y nietos— cargarán con el pago de intereses y posibles ajustes duros. El FMI no se anda con rodeos: urge una consolidación fiscal más ambiciosa, mejorar la recaudación sin espantar inversión y evitar que el gasto rígido nos deje sin margen para crisis futuras. De lo contrario, el riesgo soberano sube, las tasas de interés pueden apretar y el peso sentirá la presión.

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Aquí viene la sátira: celebramos que “el pueblo manda” mientras hipotecamos el futuro del mismo pueblo. Es como pedir prestado para la fiesta y dejar la cuenta en la mesa para que la paguen los que ni siquiera alcanzaron a comer. Nadie dice que los programas sociales sean malos per se, pero cuando el gasto crece más rápido que los ingresos y la economía no despega como se prometió, alguien tiene que poner el pecho. Y ese alguien, tarde o temprano, somos todos.

Los analistas independientes advierten que sin reformas fiscales reales, sin combatir la evasión con eficacia y sin priorizar mejor el gasto, esta trayectoria puede volverse insostenible. No es catastrofismo: es aritmética fría. La deuda no vota, pero sí cobra.

En resumen, el festín social sigue, la chequera se infla y el FMI ya nos puso la nota en la puerta. ¿Seguiremos festejando como si no hubiera mañana? Pues parece que el mañana ya llegó, y trae recibo.

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