martes, junio 23, 2026
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Brugada y el Metro de los que sí se suben

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La jefa de Gobierno de la CDMX, Clara Brugada, soltó una perla que ya está dando vueltas como tortilla en comal: quien critica la remodelación integral de la Línea 2 “son aquellos que no se suben al Metro”. Órale, pues. Parece que la mandataria no le da mucho a las redes sociales, porque ahí están los chilangos de a pie, bien plantados en las estaciones, grabando con el celular en mano y echando pestes del desastre.

Mientras la señora presume obras “innovadoras y disruptivas” para el Mundial, los usuarios que sí viajan todos los días reportan lo de siempre: retrasos que parecen eternos, estaciones convertidas en zona de construcción con cascajo volando, y sobre todo, la falta de accesibilidad para personas con discapacidad. Viejitos con bastón subiendo escaleras normales porque los elevadores siguen en veremos, gente en silla de ruedas dando la vuelta al mundo para encontrar un acceso decente. Eso no es crítica de “los que no se suben”, eso es el grito de los que no tienen de otra.

La Línea 2, esa querida línea azul, se ha vuelto un calvario con cierres parciales, horarios cambiados y obras a marchas forzadas para llegar al pitazo inicial del Mundial. Los chilangos, que cargan la cruz diaria del transporte, ven cómo se pinta bonito el Metro para los turistas mientras ellos siguen trotando entre andamios y señalizaciones confusas. “¡Qué elegancia la de Hidalgo!”, dicen con sarcasmo en las redes, entre memes y videos donde se ve el puro desmadre.

No se trata de negar que hacía falta mantenimiento. El Metro se cae a pedazos desde hace rato y cualquier arreglo es bienvenido. Pero cuando la respuesta a las quejas legítimas es descalificar a la gente que lo usa todos los días, suena más a tapadera que a solución. Clara, con todo respeto, bájese un rato del coche oficial, súbase en hora pico a la Línea 2 y sienta en carne propia lo que sus gobernados están pasando. Ahí sí, en el vagón apretado y con el olor a obra fresca, quizás escuche mejor las voces que vienen de abajo.

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Al final, el pueblo no pide que quede de revista para la foto del Mundial. Pide un Metro que funcione, seguro, accesible y sin tantas sorpresas. Porque aquí el que sí se sube al Metro, sabe que la realidad viaja en otro tren.

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