miércoles, julio 15, 2026
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El Cerco de Washington Sobre Morena

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La confesión resultó inevitable. Ante la difusión de los audios captados por el periodista Héctor de Mauleón, la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila Olmeda, no tuvo más remedio que reconocer la autenticidad de las grabaciones en las que se le escucha negociar con presuntos intermediarios del FBI. La mandataria sostiene que se trató de gestiones legales para recuperar su visa estadounidense, retirada en mayo de 2025, y rechaza que existieran «acuerdos en lo oscurito» con agencias extranjeras. Sin embargo, en la segunda grabación —difundida apenas esta semana— la propia gobernadora admite haberse reunido con un adjunto del FBI, con el Departamento de Justicia y con una fiscal encargada de evaluar posibles cargos en su contra, además de manifestar una disposición explícita a «cooperar» y compartir lo que ha escuchado «en las mesas de seguridad». La contradicción entre el discurso público de institucionalidad y el contenido privado de los audios constituye, por sí misma, una lección de comunicación estratégica fallida: se puede sostener una versión ante los micrófonos mientras la evidencia sonora circula por otro canal.

El caso de Baja California no es aislado. Al interior de Morena ya circulan versiones —no confirmadas oficialmente— sobre un supuesto acercamiento de la senadora con licencia Julieta Ramírez Padilla, aspirante a la candidatura para la gubernatura de 2027, con autoridades estadounidenses. El detonante ha sido la controversia sobre el estatus de su visa, señalada por periodistas especializados en seguridad, aunque la propia legisladora ha negado cualquier restricción migratoria. La diferencia con el caso de Ávila Olmeda es notable: mientras la gobernadora confirmó la autenticidad de una grabación, las sospechas sobre Ramírez Padilla permanecen en el terreno de la especulación política, alimentada por la cercanía entre ambas figuras y por el ambiente de desconfianza que se ha instalado en el partido guinda de cara a la sucesión estatal.

Ese ambiente no es casual. El expediente que involucra a exfuncionarios de Sinaloa ha marcado la pauta. Gerardo Mérida Sánchez, quien fuera secretario de Seguridad Pública durante el gobierno de Rubén Rocha Moya, se entregó voluntariamente a las autoridades estadounidenses el 11 de mayo de 2026, se declaró no culpable ante una corte de Nueva York por cargos de narcotráfico y aceptó posteriormente colaborar como testigo cooperante del Departamento de Justicia. Su caso, junto con el del también exfuncionario Enrique Díaz, encargado de finanzas del gobierno sinaloense, abrió una vía que otros cuadros del partido en el poder podrían replicar: la cooperación directa con la justicia estadounidense como mecanismo de protección personal frente a acusaciones que amenazan con escalar.

El trasfondo de mayor peso, no obstante, exige una precisión que suele perderse en el ruido informativo: Ismael «El Mayo» Zambada y Joaquín Guzmán López no figuran como testigos que declaren en un juicio en curso contra terceros, sino como acusados que ya se declararon culpables. Zambada aceptó la cadena perpetua y su audiencia de sentencia está fijada para el 20 de julio de 2026 ante el juez Brian Cogan, el mismo que sentenció a Joaquín «El Chapo» Guzmán. Su defensa argumenta, precisamente, que esa declaración de culpabilidad —a diferencia del juicio de once semanas y treinta testigos cooperantes que enfrentó su antiguo socio— evitó exponer a otras personas involucradas. Esa distinción resulta relevante: el temor del gobierno de Claudia Sheinbaum no proviene de un juicio público con desfile de testigos, sino de la posibilidad de que, en el proceso de cooperación posterior a una sentencia, capos y exfuncionarios aporten información capaz de involucrar a figuras políticas mexicanas de distintos niveles.

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La combinación de estos episodios —confesiones parciales, sospechas cruzadas dentro de un mismo partido, exfuncionarios convertidos en testigos protegidos y la expectativa sobre lo que puedan revelar los liderazgos criminales ya sentenciados— configura un escenario de fragilidad institucional inédito para Morena rumbo a 2027. La estrategia oficial ha sido, hasta ahora, cuestionar la actuación de exdiplomáticos estadounidenses y exigir reciprocidad en la relación bilateral, mientras evita pronunciarse sobre el fondo de las acusaciones contra sus propios cuadros.

¿Puede un partido sostener el discurso de la transformación institucional mientras varios de sus perfiles más visibles enfrentan sospechas de colaboración paralela con agencias extranjeras? ¿Qué ocurrirá con la narrativa de soberanía nacional si la información que aporten los testigos protegidos termina por señalar a funcionarios en activo? Las respuestas, como advierte el propio periodista que destapó el caso de Baja California, seguirán goteando.

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