Yo no les haré el caldo gordo

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Mis respetos a toda aquella persona que decida acudir a votar en el proceso de revocación de mandato. Como demócrata, respeto la decisión de quienes acudan a respaldar al presidente, y como opositor, con mayor razón a quienes decidan votar por su destitución.

Sin embargo, dadas las circunstancias, es decir, dado que el propio presidente ha convertido este proceso revocatorio en una consulta ratificatoria, en la que, para tener éxito está echando mano de todos los medios a su alcance -legales e ilegales-, creo que quienes estamos inconformes con su desempeño y con el tufo autoritario que expele su gestión, debemos hacerle el vacío.

Lejos de haberse detonado a partir de un movimiento auténticamente ciudadano significativamente numeroso, el proceso de revocación de mandato fue puesto en marcha a instancia del propio presidente, quien, en un ánimo de auto adulación y para mantenerse en campaña, hizo que sus huestes recabaran las firmas para solicitar al INE el proceso y ahora las pone a operar para que acuda el mayor número de personas a votar el próximo domingo.

Al presidente le interesa mantenerse en campaña, no solo porque es ahí, y no gobernando, donde se siente cómodo, sino también y sobre todo, porque eso le permite mantener vigente la popularidad y el liderazgo que tanto le sirven a su partido de cara a las elecciones de este año, y en especial a las de 2024. Morena sola, sin un López Obrador fuerte y popular, podría desmoronarse con facilidad.

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Pero no solo eso, al presidente le interesa mantener su condición de jefe máximo, para extender su influencia personal incluso más allá del 2024. No soy de los que creen que pretende su propia reelección (aunque haya dado visos de ello, e incluso aunque esta misma semana así lo haya sugerido Salgado Macedonio), pero sí creo que quiera intentar la instauración de un nuevo Maximato, que le permita designar a un sucesor que le sea obediente.

Sabemos que para lograr sus propósitos mesiánicos, tiene un obstáculo mayúsculo que se llama INE. Por eso le resulta menester debilitar -y de ser posible- acabar con él; y resulta que también para esto le sirve la consulta revocatoria. Ha orillado al INE a organizar un proceso sin el dinero necesario, lo cual lo obliga a instalar solo un tercio de las casillas que debería instalar, así como a dejar de verificar el 100% de las firmas que solicitaron el proceso, a limitar la difusión del mismo, a debilitar su sistema de fiscalización, etc. Después del domingo, el presidente dirá que el INE le jugó chueco, que es antidemocrático, y que hay que refundarlo (lo que en la realidad significará, capturarlo).

Por todo esto, insisto en que hacerle el vacío es la estrategia más conveniente en este momento. El presidente le ha puesto a sus operadores una meta: que acudan 40 millones de electores. Esto porque, por un lado, al superar los 37.3 millones que representan el 40% del padrón, el resultado sería vinculante; pero además, porque calcula que si acuden 40 millones, él contará con el apoyo de al menos 30 millones, lo que implica que aquel electorado que votó por él en 2018, lo sigue apoyando.

La medida de su éxito es esa. Él mismo ya la fijó con claridad. Cualquier cosa por debajo de esos umbrales será un fracaso para él y para el lopezobradorismo. Si no participa al menos el 40% del electorado, el proceso habrá resultado en un esfuerzo inútil, y en un dispendio de dinero, que no produjo consecuencias jurídicas, tal como ocurrió con la consulta sobre los ex presidentes que se celebró el año pasado.

Si no acuden al menos 30 millones de personas a refrendar su apoyo a López Obrador, su fracaso será aún más contundente. Ello significaría que muchas personas que votaron por él en 2018 ya no estuvieron dispuestas a ir a respaldarlo ahora, ya sea porque están decepcionadas, o porque ya no les motiva como antes (el presidente no habría tenido suficiente capacidad de convocatoria).

Siendo menor la probabilidad de su ocurrencia, hay otros dos escenarios en los que la derrota de López Obrador sería ya estrepitosa: uno consiste en que no participe a su favor ni siquiera la cantidad de personas que votaron por Morena en las elecciones de 2021, es decir, 16.7 millones; y el otro, consiste en que no participen ni siquiera 11 millones de personas, ya que 11 millones fueron las firmas que solicitaron el proceso (de las cuales sabemos que muchas son falsas).

En ese sentido, la estrategia sensata para quienes nos oponemos al populismo autoritario de López Obrador, es debilitarlo por esa vía, por la vía de la abstención activa. Evidenciar lo burdo de la farsa, y las múltiples ilegalidades cometidas.


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