miércoles, abril 15, 2026
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La inflación que afecta el precio de las tortillas

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La política alimentaria en México ha ingresado en un terreno de fricción dialéctica donde la narrativa oficial colisiona frontalmente con la microeconomía de subsistencia. El reciente pronunciamiento del Ejecutivo Federal, que desestima la necesidad de un ajuste en el precio de la tortilla basándose exclusivamente en el valor mínimo del maíz, constituye una simplificación técnica que ignora la complejidad de las cadenas de valor y la realidad operativa de los productores.

Nos encontramos ante un intento de «despolitizar» una decisión económica fundamental, presentándola como un resultado puramente técnico derivado del precio del insumo básico. Sin embargo, como lo sugiere la teoría del discurso, toda decisión de gestión es nítidamente política, especialmente cuando busca neutralizar el malestar social mediante el uso de indicadores parciales. El análisis de coyuntura revela que el problema no radica en el grano, sino en la erosión de los márgenes operativos causada por factores externos a la agricultura: energéticos, logística y una inflación subyacente que no cede.

Los productores, actuando como sujetos sociales con cognición de su propia realidad inmediata, señalan puntos de ruptura que la estadística macroeconómica omite. La operación de una tortillería depende de una constelación de costos: gas, fletes, papel de grado alimenticio, refacciones y salarios, todos ellos sometidos a una presión inflacionaria sostenida. Al insistir en la estabilidad del precio del maíz como único ancla, el discurso gubernamental genera una paradoja: se protege el símbolo (el maíz) mientras se asfixia a la unidad productiva (la tortillería).

Esta discrepancia no es solo económica; es una crisis de representación y de rendición de cuentas. Mientras la autoridad utiliza el «poder de agenda» para estabilizar expectativas, los actores del sector advierten sobre incrementos inminentes de dos a cuatro pesos. Esta tensión ilustra la lucha entre la «gestión de lo existente» y la realidad caótica del mercado, donde los consensos normativos del Estado se enfrentan a la necesidad de supervivencia de los pequeños empresarios.

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Para la academia, este fenómeno debe abordarse como un caso de estudio sobre cómo la comunicación estratégica puede convertirse en un obstáculo para el diagnóstico real si se ignora la multidimensionalidad de los actores involucrados. El riesgo prospectivo es claro: un desabasto silencioso o la precarización extrema del sector, derivados de una política que confunde el precio de un insumo con el costo de la vida.

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