¿Y qué es la democracia?

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El término democracia es muy socorrido en los discursos políticos y más si hay procesos eleccionarios, a cual más se le llena la boca de menciones sobre la misma. Pero, ¿qué es? La democracia es un concepto que describe un régimen político, se trata de un arreglo de las instituciones de Gobierno que tiene como principio sine qua non la separación de poderes. De ahí la relevancia de que en un Congreso confluyan fuerzas políticas diferentes a las del poder Ejecutivo con la finalidad de que se geste una auténtica gobernabilidad democrática y no la presencia de fuerzas políticas homogéneamente mayoritarias que lo que conciben en el común de los casos son modelos de gobernabilidad excluyentes, enraizados en mayorías electorales transitorias que operan como aplanadoras… Vuelva la vista a lo que hoy tenemos en el Congreso de la Des… Unión…

La democracia tiene como principio sustantivo el reconocimiento de la libertad de las personas a las que se gobierna, porque es nada más y nada menos que la herramienta política por antonomasia para evitar ese abuso del poder que tristemente le es “natural” a todo gobierno. La mejor manera de reconocer si un país es democrático es examinando su nivel de división de poderes. Si no hay autonomía legislativa –observe nomás como se vota en San Lázaro en estos días y desde “andenantes” como decía mi tía Tinita–, si no existen varios partidos políticos, si no hay autonomía judicial –arroz… como decía Cantinflas. Pase revista a la sentencia del Tribunal Electoral de la Federación, bien doblado ante López Obrador con el tema de que en las mañaneras y en donde le de su gana, puede hablar de temas electorales por encima de lo dispuesto en el 41 constitucional apartado C–, si se respeta el orden jurídico –uy… el Presidente se lo pasa por debajo de las extremidades inferiores a mañana, tarde y noche–, si hay censuras a los medios de comunicación –nomás que hablen en contra del régimen de la cuarta… Brozo y Loret van de muestra–, si mucho de la economía la quiere para sí el gobierno –acaban de aprobar los diputados morenos la entrega del control absoluto de la energía eléctrica el Estado, a guisa de ejemplo–, de modo que en stricto sensu, pues como que no pasamos la prueba de que en México tenemos un sistema democrático.

Sabemos, aunque a muchos no les haga ni cosquillas, porque las evidencias están a la vista, que la democracia no produce necesariamente los mejores gobiernos, que no lleva a los mejores a los cargos públicos y tampoco genera un voto racional y prudente. Pero, pero… si tiene otras ventajas, más terrenales, menos fantasiosas, se trata de aspectos muy básicos que casi no se ven, pero imprescindibles. Entre estas está la posibilidad de cambiar de un gobierno sin la angustia de un golpe de estado, otra, estriba, en evitar o al menos minimizar los abusos del gobierno –que sin duda es el que mayor riesgo conlleva para la población.

La democracia no es un valor político, es esencial entender esto. La democracia es un instrumento creado para defender la dignidad humana de los individuos de los ataques gubernamentales del abuso de poder. Y esto lo decía, y con toda razón, el economista, jurista y filósofo austriaco Friedrich August von Hayek desde el siglo pasado, en su libro “The Road to Serfdom”: “La democracia es esencialmente un medio, un artefacto utilitario para la salvaguarda de la paz interna y la libertad individual”. Lo que necesita la democracia para ser un instrumento más efectivo y convertirse en el mejor sistema de contención para los abusos de quienes temporalmente y por paga, ocupan un cargo en el poder público, es la participación ciudadana. No hay mejor contrapeso político, que el que viene del ciudadano independiente. Nos ha costado y nos sigue costando mucho ese desdén por no intervenir en los asuntos que son de nuestra competencia. Nos negamos a asumir nuestra investidura ciudadana, ya nos acostumbramos a tener sinvergüenzas en los cargos públicos. Estamos enfermos de inmovilidad. ¿Hasta cuándo? Está en nuestras manos librarnos de semejante condena. ¿Cómo? Haciéndonos cargo de nuestros deberes y derechos cívico políticos. ¿Cómo? Informándonos a cabalidad de la trayectoria, del modus vivendi de cada uno de los aspirantes a un puesto público y después de esto decidiendo en conciencia por quienes vamos a votar. Y dos: llegados al cargo los que hayan ganado la elección, exigiéndoles que cumplan con lo que prometieron. No le dé su voto a quien le prometa absurdos, ni incumplibles. Usted es su patrón, usted les paga y a usted le deben el puesto. No permita que le vuelvan a ver la cara.

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