Violencia contra la mujer

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Hace 2 años, al día siguiente celebración del Día Internacional de la mujer, se llevó a un cabo un paro nacional para protestar por la violencia contra la mujer. El paro ocupó la agenda nacional como probablemente pocos aspectos la han capturado en los últimos años. El concepto era muy sencillo: el 9 de marzo las mujeres no se presentarían al trabajo o a las escuelas; unas no trabajaron en sus casas. Algunas asociaciones hicieron además algunas manifestaciones públicas, pero la parte importante era demostrar con su ausencia la importancia que tiene la participación de la mujer en la vida de la sociedad.

Hubo de todo, pero en términos generales la 4T y su Gobierno reaccionaron con bastante agresividad. Esa izquierda tomó el tema como un ataque directo contra el primer mandatario y se pusieron a denostar a las organizadoras y a tratar de demostrar que era solamente una maniobra de los conservadores contra su Gobierno.

El disparador fueron dos feminicidios de alto impacto: los asesinatos de Ingrid y Fátima. Pero el tema iba mucho más de estos dos casos aislados: en ese momento se hablaba de más de 3 feminicidios al día. Reaccionaron de manera agresiva los grupos feministas que organizaron la marcha del Día Internacional de la mujer: según ellas, el hecho de que algunas de las organizadoras del paro también formaban parte de los grupos provida, las descalificaba para pedir que se acabará con el problema de los feminicidios. La mayoría de la izquierda se conformaban con decir que las organizadoras eran conservadoras y, para ellos, los conservadores aparentemente no tienen derecho a la protesta pública. Ellos creen tener una especie de patente, la exclusividad de esta clase de protestas.

Un grupo de funcionarias políticas hicieron una especie de acto desagravio para el presidente, con la intención de certificar que el primer mandatario, de deveras, muy en el fondo de su corazón es un gran feminista. No cabe duda de que para muchas izquierdas y en particular para las 4T, no se les da la empatía. Esa la reservan únicamente para banderas de la izquierda, no necesariamente para otros asuntos de la Sociedad.

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Por otro lado, varios grupos sociales apoyaron el paro: universidades, obispos, cámaras empresariales y otros grupos de la sociedad se manifestaron de acuerdo. Como mínimo, dijeron que no harían descuentos a las mujeres que no se presentarán a trabajar por este motivo o que las estudiantes no recibirían una sanción académica si faltaban a clases.

Hubo de todo en las reacciones del Gobierno. Muy destacadamente, el fiscal general de la nación tuvo la ocurrencia de pedir que se eliminara el delito de feminicidio diciendo que era algo “muy difícil de probar”. No faltaron los que usaron un argumento matemático: el hecho de que hay más asesinatos de hombres que de mujeres. Como si eso justificara la matanza por razones de género, que muy rara vez se da en los asesinatos de hombres. El punto es que el tema capturó la agenda pública. Ha sido una de las escasas ocasiones en que la cuatro T no impuso los temas a discusión. El paro fue un éxito, no sólo por el número de participantes, si no, sobre todo, porque puso a debate un tema que no se estaba tomando en cuenta.

En pocos días, sin embargo, el COVID 19 fue declarado pandemia por la Organización Mundial de la Salud. empezaron las restricciones, se cerraron las escuelas aprovechando el puente de marzo, la Semana Santa y las vacaciones de primavera y, poco después, se decretó la reclusión en todos los Estados de la República. La agenda cambió por completo: el número de muertos se debatía, se hablaba de la escasez de tanques de oxígeno, de camas para terapia intensiva, de respiradores y del saqueo que recibieron los supermercados que se quedaron sin algunos artículos, señaladamente el papel sanitario. Vinieron las presentaciones diarias del avance de la pandemia y el tema del paro entró en el olvido.

En el olvido para los medios tradicionales y para el Gobierno. no para las víctimas y sus familias. Por un lado, nos dan estadísticas festivas diciendo que han disminuido los feminicidios. Presentando datos parciales, se habla de una reducción del 6% de enero a enero en los años 2021 a 2022. Pero hay dos asuntos importantes que considerar: los números que se nos presentan depende de que existan denuncias, que muchos casos no se dan y, por otro lado, depende de que los jueces de control clasifiquen el asesinato como un feminicidio. Lo cual se da a juicio del juez , decisión que muchas veces ha sido impugnada por las víctimas. Pero hay otro tema mayor. cuando hablamos de violencia contra la mujer no hablamos sólo del feminicidio. Se ha denunciado, y es muy probable, que la reclusión ha incrementado la violencia intrafamiliar, violencia que mayormente se da contra la mujer. No se reporta que se hayan disminuido los casos de violaciones, porque dependen en buena parte de la voluntad de denunciar y de la resistencia de las mujeres a ser revictimizadas en el proceso de la denuncia. Por no hablar de que la falta de confianza en que su denuncia tendrá algún resultado, dado la bajísima tasa de condenaciones que tienen en las denuncias penales del país. Y habrá que considerar que las injusticias económicas y laborales son otro modo de violencia, aunque no haya sangre de por medio.

¿Hasta cuándo permitiremos en la sociedad, que nuestras madres, esposas, hijas, compañeras de trabajo, amigas y no amigas vivan con el permanente temor de convertirse en víctimas?   ¿Seguiremos permitiendo que cuando una mujer transite en una zona poco concurrida, le invada el temor cuando se cruce o sea seguida por un hombre, pensando en la posibilidad de un ataque contra su persona? ¿Encontraremos pronto un remedio a este mal tan extendido o deberíamos de esperar décadas o siglos para que se resuelva?

hace 2 años, escribía yo lo siguiente: “La gran pregunta, creo yo, es si los demás, la sociedad en su conjunto, mujeres y hombres entenderemos el mensaje y dejamos claro que en una sociedad civilizada no podemos aceptar el horror de la violencia contra las mujeres, de todos niveles de gravedad, todos los niveles socioeconómicos y en todos los culturales. Que no quede en anécdota. Que no quede como materia prima para chistes y memes. Que lo tomemos en serio y actuemos en consecuencia”. Dos años después, yo sigo pensando igual.

Me queda claro que no podemos permitir que la mayoría de nuestra sociedad viva en esta situación. Gobiernos e instituciones están demostrando claramente que este tema no ha estado entre sus prioridades. ¿Dejaremos a las mujeres que den solas esta batalla? ¿Será posible que toda la sociedad en su conjunto considere como su obligación exigir resultados a nuestros mandatarios? No es un asunto menor. Hemos perdido mucho tiempo sin tomar decisiones importantes en este tema. Que no se nos siga yendo el tiempo.


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