Tiempos de brutalidad

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Los tiempos contemporáneos están dominados por la brutalidad. El factor común es el creciente deterioro de los principios que dimensionan el valor de la vida humana, así como la falta de una convivencia social incluyente e igualitaria, incapaz de brindar certidumbre a la diversidad racial o ideológica. Así lo demuestran las cada vez mayores expresiones de odio que surgen en distintas partes del planeta, donde la polarización parece insertar a la humanidad en un tobogán que va en sentido contrario a la civilización que aspiramos.

Y es que las sociedades pospandemia parecen obstinadas en arrojarnos a un mundo peor al que nos encontrábamos en el arranque de 2020. Dos experiencias de la comunidad internacional, aunque no son las únicas, sí nos ofrecen los mejores botones de muestra de la degeneración del espacio público como vía neutral para conciliar el conflicto entre las partes e identificar los cauces propositivos de solución a los problemas que nos aquejan.

Por un lado, España se encuentra inserta en un periodo inusual de confrontación política, donde distintas regiones han adelantado elecciones —e incluso el presidente del gobierno español analiza la posibilidad de anticipar los comicios nacionales a 2022—, con el fin de que las autoridades de distintos órdenes revaliden o amplíen el alcance de su músculo ciudadano frente a las turbulencias de la polarización.

Sin embargo, la disputa no ha quedado a nivel de partidos políticos y plataformas programáticas en la cancha electoral, sino que ahora es acompañada por un movimiento de ultraderecha cada vez más visible, el cual toma con impunidad los espacios públicos y desafía a los agentes democráticos con proclamas de corte fascista. Postales de radicalismo social difíciles de asimilar, si se recuerda que ese país vivió una de las guerras civiles más sangrientas del siglo XX, conflicto en el que este tipo de expresiones marcaron el paso de la persecución política y el exterminio de la pluralidad bajo Francisco Franco.

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Por el otro, se encuentra Estados Unidos. Una nación que logró liberarse —por lo menos durante los próximos cuatro años— de un liderazgo político tóxico como lo es el del expresidente Donald Trump, pero que ahora debe abocarse a contener el racismo, la falta de salud mental y la intolerancia en varios nichos ciudadanos, con el objetivo de garantizar la tranquilidad en las comunidades de su territorio nacional.

De acuerdo con reportes del FBI, los crímenes de odio registrados en los últimos años se encuentran en el punto más alto de la década, con arriba de siete mil denuncias anuales. En este renglón, quizá uno de los efectos más llamativos que ha acompañado a la pandemia de covid-19 es el de las expresiones violentas en contra de personas de origen asiático que residen en ese país y que, incluso, tienen derechos de nacional estadunidense al haber nacido ahí.

La iniciativa ciudadana Stop AAPI Hate ha documentado 3,795 incidentes discriminatorios en contra de personas vinculadas con la región de Asia Pacífico, entre marzo de 2020 y febrero de 2021 (alrededor de la mitad del total nacional contenido en reportes del FBI). En ellos, destaca el acoso verbal, el rechazo y la agresión física como expresiones de odio, además de que no encuentra región segura para este grupo poblacional que desarrolla sus actividades más esenciales en un riesgo permanente.

Cabe recordar la masacre contra seis mujeres asiáticas en la zona metropolitana de Atlanta, la vandalización de comercios en Portland y otras ciudades de Estados Unidos, la agresión convertida en homicidio en San Francisco, e incluso en urbes cosmopolitas como Nueva York, ciudadanos de origen asiático son constantemente abofeteados en establecimientos comerciales, atacados en las calles y agredidos en transporte público. El New York Times difundió que una sola persona ha alcanzado 33 arrestos por agresiones en contra de asiáticos.

En el mundo pospandemia, la pluralidad está bajo acoso de la brutalidad política y la falta de salud mental. Este es un desafío que, por su extensión y gravedad, escapa al ámbito de las autoridades y requiere de una proactividad de la sociedad para garantizar la construcción de entornos más tolerantes, seguros y democráticos. Mitigar la polarización es una nueva responsabilidad en la que todos debemos poner de nuestra parte.

 


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