Soy la democracia, peleles

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Descalificaciones y amagos lanzados por Andrés Manuel López Obrador contra todo aquel que no coincida con su pensamiento.

Pelele. Títere. Mafia del poder. Autoritarismo. Calificativos lanzados con odio ante la incapacidad  de convencer, dialogar y debatir.

Descalificaciones y amagos lanzados por Andrés Manuel López Obrador contra todo aquel que no coincida con su pensamiento, contra aquellos que no se doblegan ante él, contra quienes tienen una ideología que no encuadra en su populismo.

El más reciente sujeto de las críticas e infamias de AMLO fue el jefe de Gobierno, quien, en su papel de Ejecutivo y estadista, rechaza el uso del Zócalo capitalino para los fines mezquinos, políticos y altaneros del líder de Morena.

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Y no lo rechaza en un mecanismo autoritario. O por no coincidir con la línea de izquierda intolerante que representa López Obrador. Lo rechaza porque el Zócalo es un espacio público, de todos, que se usa para las expresiones de cualquier índole y origen, pero sobre todo y ante todo, se usa con el diálogo. En este mismo espacio fui crítico y severo cuando se permitió que en un evento de Peña se utilizara el Zócalo de estacionamiento. Hoy queda decir: Bien por el jefe de Gobierno.

En la lógica de López Obrador todo aquel que ose a decir blanco cuando él dice negro es un traidor. Es un cómplice del gobierno que conspira en su contra. Es en automático un “títere y un pelele de la mafia del poder”.

Para el exjefe de Gobierno, sólo estás de su lado si le permites instalar un plantón en todo el Paseo de la Reforma, como aquel que costó millones de pesos a la economía nacional y otros cientos de empleos después de que perdió la elección de 2006.

Resguardado bajo el fantasma del fraude —entre el delirio y la paranoia política—, Andrés Manuel ordenó bloquear indefinidamente una de las principales vías primarias de la ciudad con el beneplácito del entonces jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard.

Como en ese momento Ebrard toleró sus caprichos, entonces sí había un respeto mutuo. Pero cuando ambos compitieron en la lucha por ser el candidato presidencial, entonces Andrés Manuel estalló contra Ebrard.

Hoy AMLO sale a marchar, presumiblemente sobre Reforma, en respaldo de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y en repudio al enfrentamiento de Nochixtlán, Oaxaca, entre maestros y la Policía Federal, que habría dejado al menos ocho muertos.

Un caso lamentable y reprobable, que debe ser explicado por el gobierno federal con castigo a los responsables, pero que de nueva cuenta se convierte en un pretexto más para el líder de Morena. Haciendo gala de su oportunismo, el aspirante a la Presidencia en 2018 se monta en el “mal humor” social real y que se explica por los múltiples desatinos del gobierno federal, López lo hace para sacar raja política, para lucrar y llevar agua al molino de sus intereses electorales. Está en campaña. Así que quien no esté de acuerdo con él es en automático un traidor a la patria y a su particular definición  de democracia. Se ha de decir frente al espejo: soy la democracia, peleles.

Está convencido de que su camino de revancha sólo se abre con el filo de su discurso de odio y polarización social; enfrentarnos como único método. En su marcha pretende ganar la aceptación que los electores le negaron en los comicios celebrados en 14 entidades del país el pasado 5 de junio. Millones de ciudadanos que le cerraron el paso en las urnas. Seguramente dirá que también son peleles, ¿o no?


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