La presidenta Claudia Sheinbaum anda con el pecho inflado defendiendo la soberanía nacional. Dice que no vamos a entregar a nadie nomás porque el vecino del norte lo pida, que primero que presenten pruebas cabales. Y tiene razón en que México no es patio trasero de nadie. Pero uno se rasca la cabeza cuando ve que la cosa pinta más a protección de la familia que a un principio puro.
El caso de Rubén Rocha Moya y compañía en Sinaloa tiene al gobierno más tieso que tabla. Acusaciones graves de allá arriba por presuntos arreglos con el cártel. Sheinbaum exige pruebas, rechaza injerencias y habla de soberanía como si fuera el nuevo himno de Morena. Pero cuidado: evita cuidadosamente mencionar al mandamás gringo por su nombre. No sea que se le vaya la lengua y se arme el desmadre completo.
Porque si cae Rocha, se armaría el efecto dominó. Gobernadores, militantes y varios con cargo empezarían a rodar como bolos. Y eso no le conviene al movimiento. Mejor pelear de a poquito, con discursos altisonantes sobre la dignidad nacional, mientras se cuida la casa por dentro. Es como aquel que grita “¡que no me toque nadie!” pero nomás cuando le conviene.
Al final, la gente de a pie se queda viendo el espectáculo: una presidenta que se pone brava con el vecino para no entregar a los suyos. Soberanía sí, pero con dedicatoria. Y mientras, los problemas de verdad —la seguridad, el narco que sigue mandando— siguen en segundo plano. Porque primero es el partido, luego el país, parece.
En este juego de ajedrez político, Sheinbaum mueve piezas con astucia. Pero el pueblo no es tonto. Sabe distinguir cuando la defensa de la soberanía es genuina y cuando es puro escudo para los cuates.





























