Como si el país estuviera en modo crucero y sin baches, la presidenta Claudia Sheinbaum salió en la mañanera a presumir su trofeo más preciado: “¡Le gané por un punto!”. Sí, compa, un punto arriba del jefe máximo en las encuestas de popularidad. Mientras la gente anda lidiando con la inseguridad que no afloja, la corrupción que sigue campando a sus anchas y los precios que no bajan ni a palos, doña Claudia se pone a medir quién la tiene más larga en el ranking de aprobación. 71% ella, 70% el viejo. ¡Qué chingón!
Oiga, presidenta, con todo respeto: ¿en serio eso es lo que le quita el sueño? ¿El termómetro de las encuestas? Porque mientras usted celebra ese puntito simbólico como si fuera el gol del siglo en el Azteca, allá afuera los ciudadanos seguimos contando muertos, extorsiones y la sensación de que las cosas no cambian tanto como prometían. La herencia de López Obrador era pesada, nadie lo niega, pero gobernar no es una competencia de egos ni un concurso de popularidad para ver quién se lleva la medalla de “más querido del barrio”.
Sheinbaum, con su estilo sereno y científico, parece haber heredado también la obsesión por las cifras que suenan bien en la tele. Y mira que AMLO dejó la vara alta en eso de las mañaneras: puro relato, poca autocrítica. Ahora la nueva generación llega con datos fresquecitos para decir “ya la superé”. Órale, felicidades por el puntito. Pero el pueblo no come encuestas, ni vive de likes presidenciales. Queremos agua, seguridad, trabajo decente y que no nos sigan viendo la cara de tontos con discursos bonitos mientras la realidad patea.
Al final, estas comparaciones huelen más a consuelo interno que a logro de Estado. México no necesita presidentes compitiendo en popularidad; necesita resultados que se sientan en la calle, no solo en las gráficas de De las Heras Demotecnia. Porque un punto de ventaja en las encuestas se desvanece rapidito cuando la gente siente que los problemas de verdad siguen sin atenderse.
Y punto.




























