Bienvenidos una vez más a «DeVotos y otros políticos Nonsanctos», el único lugar donde la realidad política supera cualquier guion de serie sobre narcos. Resulta que el caso de Rubén Rocha Moya, nuestro flamante exgobernador de Sinaloa, ha dejado de ser un chisme de pasillo para convertirse en un dolor de cabeza de proporciones épicas para la administración de Claudia Sheinbaum. Mientras en Washington el Departamento de Justicia anda con el dedo en el gatillo, llamando al Cártel de Sinaloa «Organización Terrorista» —un término que no es cualquier cosa, pues abre la puerta a cosas que dan miedito—, en Palacio Nacional han decidido aplicar la vieja y confiable de «hacerse el occiso».
Claudia, en su papel de estratega estoica, ha optado por ignorar los gritos que vienen del otro lado del río Bravo. Es una apuesta brava, casi suicida, porque aquí no estamos hablando de un simple desvío de recursos para comprarse unos relojitos. Estamos hablando de acusaciones de narcotráfico al más alto nivel. Es como jugar al póker con alguien que tiene todas las cartas marcadas y, además, es dueño del casino. La presidenta desafía al Departamento de Justicia como quien le apuesta todo al rojo en Las Vegas, pero con el presupuesto y la estabilidad de una nación en juego.
La cosa se pone todavía más sabrosa porque, según dicen los que saben —o los que sospechan—, la lista de morenistas en la mira de los gringos no termina en Rocha. Parece que el efecto dominó apenas está calentando motores. ¿Qué pasará si de pronto, en lugar de una licencia voluntaria, empieza a haber órdenes de extradición a diestra y siniestra? La 4T se ha llenado la boca presumiendo que ellos son diferentes, que son pura santidad, pero parece que algunos de sus elegidos tienen nexos que ni con agua bendita se quitan.
Es una jugada peligrosa ignorar el tablero cuando el oponente ya te declaró «terrorista» al grupo que opera en tu patio trasero. Sheinbaum se la juega a que la soberanía nacional es un escudo impenetrable, pero el problema es que el hambre de justicia —o de venganza, según se mire— de los estadounidenses no entiende de diplomacia. Mientras tanto, en Sinaloa y en el resto del país, nos quedamos viendo cómo el teatro político se cae a pedazos. A ver si al final de la jornada no terminan todos bailando al son que les toque el Tío Sam, porque cuando la lumbre les llega a los aparejos, hasta los más «santos» terminan saliendo por la puerta de atrás. ¡Qué joyita de gobierno nos estamos aventando!




























