Por qué no quiero ser diputado

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«El ser humano se halla sometido a ciertas condiciones biológicas, psicológicas y sociales, pero dependerá de cada persona, el dejarse determinar por las circunstancias o enfrentarse a ellas». Víctor Frankl

Quiero aprovechar este espacio para compartir las razones por las que he decidido no impugnar la omisión del Congreso del Estado de Puebla de llamarme a integrar dicho órgano, una vez que la tercera fórmula de la lista de candidatos por el principio de representación proporcional ha quedado vacante y siendo la fórmula que encabezo la siguiente en la lista registrada por la coalición de la que formó parte el PAN en 2013. Lo hago con el fin de compartir mis razones con quienes genuinamente se interesen en conocerlas.

Sin duda alguna, esta artimaña es uno más de los atropellos que el actual sistema que impera en Puebla implementa en contra de la vida institucional de nuestro estado. Haciendo la afectación personal a un lado, nuevamente atestiguamos cómo en Puebla no sólo la ley se diseña a conveniencia del poder, sino que ésta se implementa a capricho. Y aunque pudiera acudir -nuevamente- a la justicia electoral a nivel federal para reclamar este acto de cinismo, he decidido no hacerlo por una simple y sencilla razón: no quiero ser diputado, por lo menos no de esta legislatura.

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La mía es una vocación política. Desde muy joven sentí ese llamado y decidí participar activamente en el partido que a mi juicio propone un programa de acción de acuerdo a mis valores e ideales, los cuales se resumen en la doctrina del humanismo trascendente. Por ello, asumir el cargo de diputado local, como cualquier otro cargo de servicio público, significa una gran oportunidad de influir desde la política para construir condiciones que favorezcan al bien común, desde la óptica de la doctrina que uno sigue.

Sin embargo, también creo que la vocación a la política, si bien es de índole personal, ésta tiene repercusiones sociales, ya que implica no sólo a la persona que la posee, sino a su círculo más cercano, como la familia, los amigos, y aquellos con quienes se comparten determinados ideales. Sin embargo, creo también que cuando no son los ideales ni un programa de acción concreto los que guían el actuar público, cuando ese espíritu de cuerpo está ausente, en congruencia no se debe acceder al cargo en cuestión. 

Así las cosas, y aunque la razón me asiste, he decidido no impugnar este exceso del poder público en Puebla, toda vez que no hay condiciones para el desarrollo de la verdadera agenda de Acción Nacional en el estado. Lejos de ello, a nombre del PAN y con el aval del PAN, se justifican acciones contrarias a sus ideales. Por mencionar algunos, se ha avalado el secuestro de órganos de control del poder, como es la designación de personas sin independencia en los órganos de transparencia y de derechos humanos; la manipulación de los órganos y procesos electorales; la opresión de la libertad de expresión; el uso de los órganos de justicia y de fiscalización con fines políticos (ahí están los presos políticos y la manipulación en la aprobación de cuentas públicas); el privilegio a empresas foráneas en los proyectos de inversión, en detrimento del desarrollo del empresariado local; el solapamiento de actos de corrupción de altos funcionarios del gobierno, o la reciente y desvergonzada reforma electoral que busca imposibilitar las candidaturas independientes. Quizá, la más grave de ella ha sido la ausencia de diálogo y capacidad de negociación, usando en su lugar métodos de represión social, los que lamentablemente acabaron con la vida de un menor de edad en Chalchihuapan; entre muchas otras cosas.

Aunado a ello, el «nuestro» es un gobierno de mucho ruido y pocas nueces, donde se privilegia la mercadotecnia por encima de los verdaderos resultados de alto impacto social, como lo demuestra el aumento en los niveles de pobreza e inseguridad. Al mismo tiempo, al interior del PAN -y con tristeza en otras fuerzas políticas también- se han impulsado desde el poder prácticas nunca antes vistas, como la afiliación masiva, la imposición de dirigencias a modo, la cooptación de militantes -o su marginación y amenaza-, cuya consecuencia se manifiesta en la llegada a la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión de varios dignos representantes de lo peor del sistema político que combatimos en el pasado, pero ahora bajo las siglas del PAN.

Dadas esas condiciones, mi aceptación de dicho cargo significaría avalar esa otra agenda que hoy persigue el PAN en Puebla. Sería, al mismo tiempo, avalar el pseudo estado de derecho que vive nuestro estado. Si bien de ninguna manera me prestaría a aceptarlas, lo cierto es que una persona dentro del poder legislativo difícilmente haría la diferencia. Muestra de ello es que muchos de los que hoy integran ese órgano, e incluyendo en la misma categoría a integrantes del Congreso de la Unión, varios presidentes municipales y a miembros de nuestra dirigencia nacional -todos ellos políticos que me exceden en experiencia, capacidad y talento-, no han podido reorientar las acciones del poder público e influir en construir una realidad distinta a la que tenemos. Lejos de ello, me da tristeza ver a varios de ellos con miedo en el mejor de los casos, o trastornados por el síndrome de Estocolmo, en el peor de ellos. A veces hasta pareciera que hay una competencia feroz por demostrarle al gobernador quién cumple mejor y al pie de la letra sus caprichos, haciendo gala del disfrute que este concurso de sumisión les genera. En este proceso de descomposición del PAN, he visto las más brillantes trayectorias sociales, académicas y políticas obnubilarse, y los más altos valores e ideales hechos a un lado, en total complicidad de prácticas autoritarias que difícilmente nuestro partido podría justificar. Como si obtener el poder a toda costa, incluso el de la propia dignidad, fuese el objetivo.

De igual forma, he decidido no acudir al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación a manera de mea culpa. Como corresponsable del arribo de Rafael Moreno Valle al gobierno de Puebla, no puedo más que pedir perdón a los panistas y a los poblanos por tan grave error. Puebla no merece lo que está sucediendo: lejos de una transición a la democracia como lo ofrecimos en 2010, lo que hoy se vive es el gobierno de lo mismo y por los mismos, pero mutados en otras siglas partidistas. Pensé, como muchos dentro del PAN, que ésta sería una oportunidad para construir un proyecto diferente en Puebla. Sin embargo, los acuerdos realizados en diferentes momentos tanto con representantes sociales como con las dirigencias estatal y nacional del PAN en relación a la forma de gobierno que debiera adoptarse, nunca fueron honrados. Pensé que el tener al PAN y a la sociedad como socios estratégicos de este proyecto, ayudaría a limitar el autoritarismo que caracteriza a Rafael desde que militaba en el PRI. Tristemente nada de eso fue posible. Y quiero hacerlo explícito porque veo con preocupación que muchos creen ahora, como creímos varios en el pasado, que ante la eventualidad de un proyecto a nivel nacional las cosas podrían -ahora sí- ser de otra manera. Nada de eso. La vida pública de Rafael nos demuestra que la mentira, la manipulación y la hipocresía están enraizadas en su naturaleza, y que en su proyecto, al cual le falta sentido social y le sobra narcisismo, sólo caben quienes -temporalmente- le son útiles y serviles. Por ende, en descargo de esa grave responsabilidad que tuve y en congruencia con lo antes expresado, decido no impugnar esta desaseada acción. 

Por otra parte, deseo llamar la atención de la dirigencia nacional de mi partido, Acción Nacional. Si bien defender una curul que es de su pertenencia es mera menudencia, lo que sí es un imperativo para el Comité Ejecutivo Nacional es llamar a la cordura y mesura a Rafael Moreno Valle. Como puede advertirse, los pobres resultados del PAN en el último proceso electoral se deben a la prepotencia con la que gobierna. Pero lo peor de todo, es que este proceso de descomposición política podría ir más allá de la arena electoral y desencadenar en un proceso de descomposición social en la entidad que nadie desea, y del que el PAN será corresponsable. Nuestro presidente, Ricardo Anaya, no puede ni debe caer en los cálculos políticos y la falsa prudencia en que cayó la anterior dirigencia, cuya omisión han hecho de Puebla el más claro ejemplo de autoritarismo a nivel subnacional que prevalece en nuestro país.

Mi relación con Rafael nunca fue buena; de hecho, todo lo que hoy escribo se lo dije en distintos momentos, y varios testigos hay de ello. Intenté de manera personal disuadirlo para corregir el rumbo. Sin embargo, ni lo mío son las formas políticamente correctas, ni lo suyo es escuchar. Por ello, no me sorprenderá la respuesta de sus espadachines a sueldo: se trata nuevamente, dirán, de la reacción de quienes no saben ganar elecciones. Sin embargo, los que han infiltrado al PAN tampoco lo saben hacer; más bien, las saben comprar, como lo hacía el régimen de antes.

Finalmente, renuncio a ser de los que se les agota la vida en ostentar un cargo público. Si bien es uno de los mejores vehículos para cambiar la realidad social, lo cierto es que también hay otras alternativas. Y creo que el precio de acceder a ellos jamás debe ser el de la propia dignidad. Desde que salí de Puebla, decidí aprovechar la distancia para profundizar en mi formación académica e invertir en el desarrollo de mi familia, confiado de que ya vendrán otras opciones para luchar por el cambio social y económico de México. Pero lo que más agradezco de esto, es la libertad de conciencia y de pensamiento con que tomo esta decisión, esa libertad de conciencia y de pensamiento que está llevando a muchos otros poblanos -ahora sí- a abrir los ojos.

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