Navidad a la canela con suspiros de vainilla

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He estado recordando las navidades de mi infancia, son memorias dulces que se fueron quedando guardadas en la del corazón, y que hoy en mi adultez, me encanta acariciarlas. Hago de cuenta que reposan en una cajita mágica en la que fueron depositadas, envueltas en la ternura de la inocencia y de la alegría que despertaron en mis años niños, y hoy las desenvuelvo con cuidado para aspirarlas, porque huelen a canela y a vainilla, a colación, a miel de tejocote, a buñuelos vestidos de azúcar cristalina. Y cuando las toco me sorprende reencontrarme con la suavidad del algodón con que mi madre construyó amorosamente mis alas de ángel, porque de eso iba yo en la pastorela del barrio que organizaban las mamás para sus críos.

Vuelvo a escuchar la algarabía de nuestro recorrido por cada casa en la que íbamos a pedir posada, desde el 16 hasta el 24 de diciembre, los villancicos que de memoria cantábamos, los pasos cuidadosos de quienes llevaban el portalito en hombros para no tirarlo, luego cuando entrabamos a la casa de quien le tocaba recibir a los peregrinos el júbilo y el aplauso, luego los rezos, ahí era donde empezaban las dificultades y las mamás empezaban a repartir pellizcos y coscorrones al inquieto grupo de ángeles y pastores.

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Cuando concluía el rosario empezaba lo más esperado por los chiquillos, las piñatas, romper la piñata con el estribillo de “ándale Juana no te dilates con la canasta de los cacahuates…no quiero oro ni quiero plata yo lo que quiero es quebrar la piñata…” Las risas, los gritos, los “quítate criatura te van a dar un palazo” Y es que el que le daba a la estrella de seis picos, todo papel de china multicolor, traía los ojos vendados y blandía a un lado y otro el palo de escoba  para encontrarla y pegarle con bríos hasta quebrar el jarro.

Cuando al fin se rompía el barro caía su preciosa carga de dulces, cañas, cacahuates, naranjas y mandarinas, sobre ella nos lanzábamos los chiquillos para agarrar los más que fueran y si habíamos alcanzado alguno de los picos de la piñata, pues mejor, porque ahí vertíamos el tesoro. Y venía la cena, chalupas, tamales, atole de guayaba y tamarindo, aguas de horchata y jamaica…Y el remate, los bolos cargados de DULCES y chocolates, algunas mamás les agregaban chicles “bola”, ideales para hacer bombas con la boca.

Nueve días duraba la fiesta, nuestras madres eran incansables, trajinaban todo el día para preparar el jolgorio vespertino. A las nueve de la noche se terminaba a más tardar la posada. Tomados de la mano de nuestras madres regresábamos a casa, roncos de tanto cantar y gritar, yo caía como bendita, eso sí, primero me quitaba con todo cuidado mis alas de ángel y las colgaba en un gancho especial, la túnica quedaba hecha un desastre, pero al cabo que mamá la lavaba y lucía impecable para la tarde-noche siguiente.

Ahora las posadas son otra cosa. No se parecen a las que tuvimos los niños de mi generación, bueno, cada generación tiene lo suyo, y cada niño de hoy tendrá en su adultez remembranzas de lo que le tocó vivir. Ojalá que lo que recuerden no lo asocien con la violencia que hoy se ha vuelto tan cotidiana, ni con soledades, ni con ausencia de abrazos y palabras de amor y ternura de sus padres, ni con un montón de juguetes de los que se aburrían en un santiamén, ni con el ipad, la computadora o el celular del que estaba prendidos todo el día y por ello no aprendieron a dialogar de frente, a decir cosas solo con mirarse, a disfrutar silencios y a soñar despiertos.

Ojalá que no formen parte de sus memorias ni la simulación ni las mentiras, ni la orfandad de valores éticos y morales, ni la ausencia de Dios en su corazón. Ojalá que no…ojalá que su vida siempre esté llena de fe, de esperanza, de generosidad, de amor por los demás y por si mismos, porque son estos ingredientes los que le dan sentido a la existencia y enseñan a las personas a ser felices.  

Feliz Navidad a todos.


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