El pez por su boca muere…

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Por ahí entran elementos necesarios para vivir y salen otros que son indispensables para conectar con nuestro entorno.

El cuerpo humano es una obra de arte. Cada órgano desempeña una función específica y se interrelaciona con otros órganos, de modo que todo el sistema corporal, bien atendido y cuidado, funciona a la perfección.

En este sistema admirable todos los órganos son importantes. Incluso ya es lugar común hablar de los llamados “órganos vitales”: el corazón, el hígado, los riñones, los pulmones… y el estómago, que forma parte del complejo sistema digestivo en el que también intervienen los intestinos, el esófago… y la importantísima boca. Importante, porque la boca cumple con la primera etapa de mantenimiento de nuestro organismo. Por ella entra toda la materia energética que nos hace funcionar. Pero, además, por la boca sale un maravilloso producto construido e impulsado por el cerebro (otra joya de la naturaleza humana), que es el habla.

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Por la boca entran elementos necesarios para vivir y salen otros que son indispensables para convivir y conectar con nuestro entorno social: palabras, muecas y sonrisas.

Vayamos a las palabras, piezas estratégicas de esa valiosa herramienta que es el lenguaje: de la boca pueden salir de 100 a 300 palabras por minuto, pero más importante que la velocidad con que se hable es que se dice cuando se habla y el grado de comprensión que se consigue o el efecto que se logra, incluidos los valiosos silencios, trátese de declaraciones de amor, buenos deseos, expresiones de ánimo, dolor, odio, frustración. Oraciones, blasfemias, amenazas iracundas… y discursos de toda índole.

La palabra “habla” viene del vocablo latín fábula, que describe la capacidad de hablar que tienen los seres humanos. De hecho, el verbo fablar significa hablar. De ahí que “inefable” sea aquello de lo que no se puede o no se debe hablar.

El filósofo y lingüista británico John Langshaw Austin (1911-1960), en su obra clásica Cómo hacer cosas con palabras, especifica que hablar es una acción que involucra el uso del lenguaje natural y está sujeto a cierto número de reglas convencionales generales y/o principios pragmáticos de pertinencia. Define como “acto ilocutivo” la expresión o enunciación que constituye, por sí misma, cierto acto. Y expone un ejemplo clásico: cuando se dice “lo prometo” o “sí, acepto” (vgr. en una boda), a la vez que se habla, se realiza el acto aludido.

Advirtamos que en estos términos, empleados por John Langshaw Austin, aparece la raíz “locu”, proveniente del latín loqui, que significa “hablar”. De ahí derivan palabras como locutor, elocuente y locuaz (el que habla mucho).

Atención: todo este torrente filosófico, lingüístico y etimológico, sale por la boca. Vale esta observación, y mucho, para los practicantes de uno de los más bellos oficios: el de la ciencia universal de la conciliación: la política. La estructura oral de un buen discurso político y de los compromisos políticos constituyen el primer paso hacia el buen gobierno. Pronto volveremos sobre este tema. Útil para el servicio público, útil para la oratoria. Cuidado, mucho cuidado con esta hermosa herramienta del ser humano. 

Por la boca vive el pez, se titula una conocida canción de Fito y Los Fitipaldis, el grupo musical español creado en 1998 por Fito Cabrales. Pero también tenemos entre nosotros el refrán “El pez por su boca muere”. ¿Qué lección podemos aprender? La respuesta nos la da un autor anónimo:

“Prefiero asegurarme de que mis palabras sean lo más dulces y suaves posible, no sea que un día tenga que tragármelas”.


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