Lo que dicen los electores

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Hay diferentes tipos de populismo, pero el que estaremos viendo elevado a la quinta o décima potencia en estos meses de campaña electoral, que ya arrancan, será una versión del “panem et circenses” del Imperio Romano, ese que compra la “simpatía” popular vía pachangas, sobornos, espectáculos con los artistas del momento y dádivas para aventar pa’arriba. Nada nuevo bajo el sol, con toda la vigencia de una práctica que reditúa en las urnas a quienes la implantaron… pero que al País no le significa nada en términos de crecimiento democrático. Es abono para el proteccionismo, el autoritarismo y el paternalismo.

Con una atmósfera de esta naturaleza, la repulsa y la indecisión aumentan entre un porcentaje importante de electores. Hay un desafecto para acudir a cumplir con un deber que debiera ser básico, importante, necesario, pero el desaliento y el hartazgo se hermanan para que la ciudadanía no se ejerza.

He preguntado con quienes me reúno, ¿qué es lo que en un momento dado les impulsaría a acudir a votar el primer domingo de junio? Palabras más, palabras menos, me han dicho que, primero que cualquier otra cosa, quieren escuchar propuestas claras, no cantinfleadas y menos, pero mucho menos, promesas que no van cumplirse, y que solo se ofertan para darles por su lado a los electores. Quieren saber DE VERDAD a qué atenerse. No tienen ningún interés en oír ambigüedades.

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También me comparten que prefieren un discurso en el que los candidatos expliquen sus propuestas de solución a problemáticas concretas… ¿cómo cuáles? Desempleo e inseguridad pública. Estas dos son las que se mencionan una y otra vez… ¿Corrupción? ¿Educación? ¿Servicios de salud?…muy poco… ¿Cómo ve?

Escuche esto, que también me han subrayado: “Son los que gobiernan los que pierden o ganan las elecciones”, me lo recalcan en uno u otro tono. Dos: la partida la gana quien logra mayor credibilidad.

“Estamos hartos de que las decisiones que afectan a TODOS, las tome una camarilla, al margen de la población y sobre todo en CONTRADICCIÓN con lo que vinieron a decirnos cuando querían que les diéramos el voto”. Y mi pregunta es: ¿Y por qué si están hasta la coronilla, su voto sigue favoreciendo a los de siempre?

Otro asunto que me remarcan es el señalamiento de que a los partidos políticos se les olvida la procuración del bien común y que no tienen empacho en sacrificarlo en aras de intereses “gruperos”. Ponen el dedo en la llaga.

Infortunadamente esto está ocurriendo. Y sin duda que no contribuye al fortalecimiento de la democracia, sí a su desgaste.

La democracia es esencialmente un sistema que limita temporal y estructuralmente a los gobiernos. Entre sus virtudes más significativas están el que logra combinar mejor que otras formas de gobierno las libertades individuales con la finalidad primaria del estado – entendido este como organización política – que es el bien público; civiliza las contiendas electorales permitiendo una transición política susceptible de corregirse por la periodicidad.

No obstante, la democracia no se traduce meramente en el sufragio universal, craso error. De esta concepción parten algunos gobiernos para autodenominarse democráticos, porque han obtenido victorias electorales. Pero eso no basta para serlo, no subsiste sin garantizar el imperio de una ley que permita las libertades políticas y la autonomía de poderes y la oposición. La democracia se colapsa cuando los mismos que ganan las elecciones se encargan de hacerse leyes a la medida de sus intereses, de solapar sinvergüenzadas y corruptelas garantizándoles impunidad a los transgresores. La quiebra del estado de derecho es inminente y se agrava porque la denuncia JAMÁS prospera.

Me parece que tenemos razones de peso para reflexionar al respecto y tomar decisiones que nos lleven a votar en conciencia el próximo 7 de junio. Sería un hecho histórico y sin precedentes, que la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión se integrara con UNA MAYORIA que fuera CONTRAPESO del Poder Ejecutivo. México necesita ese equilibrio. Y los únicos que pueden dárselo son los dueños del País; es decir, LOS MEXICANOS.


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