Ingenuidad y cobardía derrotan a México

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Muchos pensadores, filósofos e historiadores del mundo occidental están concluyendo, en obras recientes, que el mundo está entrando a un cambio de época que, lamentablemente, todavía no se percibe hacia donde puede ir. Por tanto, lo que reina en el mundo occidental actualmente es la incertidumbre. Para unos, este cambio implica transformar principios que antes nos parecían incuestionables. Para otros, conlleva una ruptura con las estructuras sociales tradicionales. Para algunos más implica un cambio en el orden mundial, en la forma de convivencia entre las naciones; y, para algunos otros, sólo se trata de cambios tecnológicos que nos facilitarán la vida cotidiana y la comunicación.

La realidad es que todo está en cuestionamiento. Se cuestiona el viejo orden mundial que dejó la 2ª Guerra Mundial. Se cuestiona la democracia liberal como sistema político al cual aspirar. Se cuestiona al capitalismo como sistema económico. Se está a disgusto con las estructuras sociales, por la desigualdad, por el sistema patriarcal, por la marginación que provocaron en diversas minorías. Esta visión que vuelve todo, sujeto de queja y revisión, se le conoce comúnmente como “progresismo”. Por otro lado, de unos años para acá, ha surgido una réplica a esa posición. Es la visión conservadora, que apela a valores humanos e históricos inmutables, que no deben ni pueden ser cambiados. La visión del mundo de estos conservadores a los que se les llama la alt-rigth, en el mundo sajón, o la “nueva derecha” en el mundo latino, involucra un fuerte nacionalismo cultural, unido a principios morales y religiosos. La confrontación de estas dos visiones ha provocado que se agudice la inconformidad social general en Occidente.

La combinación de incertidumbre con inconformidad es una mala combinación. La incertidumbre desemboca en el miedo, la inconformidad desemboca en el enojo. El miedo y el enojo son campo fértil para la violencia.

En México, esta situación no ha penetrado totalmente en la discusión pública, pero es un hecho que los asuntos de interés político invaden cada vez más la vida cotidiana de las personas, provocando una tensión mayor entre la sociedad y sus gobernantes. En nuestro país, la respuesta temporal de la política al enojo y al miedo social ha sido elegir un gobierno muy enojado también, que se victimiza por todo y que, por tanto, ha reflejado bien el estado de ánimo de la sociedad hasta ahora. Tenemos un presidente que diario agrede e insulta a diversos sectores de la sociedad mexicana y eso sirve de catarsis para otros sectores que se sentían marginados y estafados por los gobiernos pasados. Pero el gobierno que venía a transformar ese sistema ha resultado sólo un gobierno de frases, de retórica, bien construida y que por eso ha tenido éxito, pero cuya transformación sólo ha consistido en hablar y en derrumbar.

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Los escenarios a futuro para el país no son halagüeños. En el caso que al gobierno actual le alcance la retórica y la victimización, será reelecto y continuará con la destrucción de las instituciones y de la incipiente cultura democrática que existía en el país. En el caso de que ciertos grupos sociales se den cuenta de esa demagogia y de que no es capaz de construir nada que valga la pena, entonces podría ganar la oposición, pero el actual gobierno nunca reconocerá su derrota ni aceptará irse por la buena. El verdadero peligro son los ingenuos que creen que el gobierno actual se irá con la fuerza de los votos. Ese escenario ya no es viable. Este gobierno ya ha destruido demasiado y ha logrado, con bastante éxito, transformar su discurso en ideología. Su proyecto, entonces, no es democrático, es revolucionario, lo que significa que es ideológico y autoritario. Cuando impera la ideología se acaba el diálogo y se desvanece la razón.

Este gobierno no ha creado nada tangible que mejore la vida de los ciudadanos, pero han sido muy exitosos en debilitar y destruir cualquier vestigio del régimen anterior, lo cual dificulta construir una oposición política y cívica fuerte que pueda hacer frente a sus ímpetus autoritarios y a sus intenciones de perpetuarse en el poder. Esos ímpetus sólo podrán contrarrestarse con grandes movilizaciones, una protesta social organizada y la resistencia civil. Esta es la realidad, pero muchos no quieren verla. El presidente cada vez avanza más en su concentración de poder, cada vez eleva más su agresión y encono contra sus enemigos políticos e ideológicos, y hay quien todavía piensa que entregará la banda presidencial a un opositor.

Los protagonistas de gobiernos pasados han sido claramente temerosos e ineptos para defender algo de sus gestiones anteriores. Los grandes empresarios, torpes y egoístas, creen que su tradicional estrategia de no confrontarse con el presidente será suficiente para mantener sus privilegios. Los partidos de oposición prácticamente no funcionan como tales, son pequeñas mafias hechas para mantener ciertos cotos de poder que no quieren sacrificar, incapaces de abrirse a la sociedad, ni de ver más allá de sus mezquinos intereses. Lo mismo se puede decir de los intelectuales, del mundo académico, de la prensa y los medios de comunicación. Lo que antes fue complacencia de su parte, ahora es cobardía. Es difícil imaginar a alguien de ahí que se atreva a confrontar al régimen o al presidente con la valentía y la dureza que la peligrosa situación que ya vivimos amerita.

Así, el gobierno seguirá avanzando en su control de entidades e instituciones que deberían fungir como contrapesos de poder y entonces, cuando menos lo pensemos, ya será imposible dar marcha atrás. El voto no será entonces, un arma suficiente para salvarnos. Es triste reconocerlo, pero qué le vamos a hacer, es lo que tenemos, es lo que hay.


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