¿Humanismo versus liberalismo?

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En el PAN existe un debate soterrado sobre su vocación liberal. Sin el tono de una tensión ideológica o de un conflicto pragmático como ocurriría, en distintos momentos e intensidades, desde la segunda mitad de la década de los sesenta y hasta la escisión del Foro Democrático y Doctrinario, dos corrientes de pensamiento se pulsan tímidamente en el interior del partido.

Por un lado, quienes creemos que el PAN nace de un proyecto ideal de democracia liberal y de una visión secularizada del ser humano y, por otro, quienes ven en el liberalismo una suerte de coartada para el relativismo moral o, por aún, para el nihilismo valorativo que destruye lo social.

Los primeros insisten en reafirmar a la libertad como el principio regulatorio de las relaciones sociales. Los segundos encuentran en la tradición humanista un sistema de creencias trascendentes para ordenar y justificar las decisiones y planes individuales de vida.

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Los primeros se reconocen necesariamente en el humanismo que se fundamenta en la libertad. Los segundos cuestionan, de entrada, la compatibilidad entre el humanismo y el liberalismo.

Javier García Gibert, un profesor de literatura clásica española en la Universidad de Valencia, compendió en un profuso y militante trayecto las distintas determinaciones de una de las más antiguas tradiciones de pensamiento (Sobre el viejo humanismo. Exposición y defensa de una tradición. Madrid: Marcial Pons, 2010). El humanismo, demuestra García Gibert, es un itinerario que inicia en la cultura greco-latina, se cataliza en el pensamiento religioso de raíz cristiana, se reconcilia con la razón en el Renacimiento y con la Ilustración, se separa de la voluntad de dios con la arquitectura kantiana, se prueba en sus fundamentos con la llegada del positivismo científico y de los irracionalismos, y reivindica su vigencia frente a la frialdad “antihumanística” del progreso y el avance científico. El devenir del humanismo no es el curso lineal de un caudal de saber, sino un largo trayecto dialéctico, contradictorio, que “dignifica al ser humano en su propia condición y le permite gestionar de la mejor manera sus propios problemas y aspiraciones intemporales”. Es el resultado de impulsos culturales e intelectuales animados por contextos históricos. Un sistema de pensamiento en constante tensión consigo mismo.

Precisamente en razón de la compleja trayectoria del humanismo, la posición que sostiene su presunta incompatibilidad con el liberalismo exige clarificar sus premisas. ¿Desde cuál de las determinaciones de la tradición humanista se plantea el antagonismo con el liberalismo? ¿Qué entendimiento del liberalismo resulta chocante con los basamentos humanísticos? Si se milita en el humanismo que reafirma la perspectiva trascendente y religiosa del mundo, esto es, la vigencia de un conjunto de creencias dadas por alguna suerte de divinidad que rigen las decisiones de cada uno y sus relaciones con otros, por supuesto que existe conflicto con la idea liberal —y también humanista, por cierto— de que la fuente y fundamento de todos los principios y los valores están en el ser humano. Si por liberalismo se entiende esa derivada libertaria que sostiene la ausencia de parámetros objetivos y racionales para juzgar los actos humanos más allá de la voluntad de las personas, no hay duda de colisión con una de las intuiciones más caras del humanismo: “la vocación por el sentido y por el establecimiento de una finalidad coherente para la existencia”. De esta suerte, inevitablemente la compatibilidad entre ambas tradiciones de pensamiento dependerá del entendimiento que sirva como punto de partida.

¿Es posible entonces reconciliar al humanismo con el liberalismo? Desprendidas de cualquier fundamento religioso, la tradición humanista es liberal y la tradición liberal se reencuentra con las pretensiones del humanismo. Dice García Gibert: el humanismo, desde Kant, perseguirá una moral autónoma, cimentada en la razón y liberada de toda impronta teológica, empírica o utilitarista. Las leyes éticas no derivarán más de la divinidad, sino serán entendidas como construcciones racionales que cualquiera puede aceptar. La persona del humanismo postkantiano es agente libre y responsable, creador de su propio destino, no determinado ni condicionado en su acción moral más que por los imperativos de la razón. Así, el humanismo será fiel al concepto de dignidad humana, tan preciado para el pensamiento cristiano, pero en una íntima y estrecha relación con el principio de libertad: ésta será, en consecuencia, “el verdadero fundamento de la acción moral, pero también el rasero desde el que el ser humano ha de medir su relación con los demás y los límites que tiene la obligación de darse a sí mismo”.

El ser humanista y liberal del PAN radica esencialmente en esa idea secular del mundo y de la persona. Abrazar la causa de la libertad no abre la puerta a la destrucción del tejido ético de la sociedad y, en consecuencia, a la anarquía moral. Kant demostró que no se necesita a dios para ordenar las relaciones humanas, pero que tampoco se puede prescindir de dios para alimentar las competencias espirituales de los individuos. El liberalismo implica, con el humanismo, poner en el centro a la persona y su dignidad, y la ampliación de las condiciones para que cada uno labre su propio proyecto de vida. Si coincidimos en eso, “liberal”, “humanista”, “humanista-liberal” o “liberal-humanista” es sólo un problema semántico.


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