Francisco

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Esta semana el papa Francisco inicia su primera visita a México; quien es uno de los líderes más influyentes del mundo seguramente sacudirá con sus palabras, pero sobre todo con su testimonio, a un país que continuamente se encuentra atrapado entre los anhelos de superación y desarrollo y sus profundas contradicciones y desigualdades.

Para los cien millones que se dicen católicos en México, llega también el Vicario de Cristo, el sucesor de Pedro que ha cimbrado a la Iglesia con sus gestos y sus reformas centradas en dos grandes ejes: la justicia y la misericordia. Se trata de dejar a un lado las comodidades y posicionar a la Iglesia en “salida misionera”, al encuentro de las “periferias sociales y existenciales”. Ello sólo es posible con una mirada despreocupada de los bienes materiales, con pastores con “olor a oveja” y con laicos, cristianos de tiempo completo comprometidos en la nueva evangelización.

El papa Francisco ha emprendido una agenda ambiciosa que en pocos meses no sólo ha ocupado los titulares de la prensa mundial, sino también ha incidido en los más altos foros y cumbres: la ONU, el Congreso de EU, el Parlamento Europeo. Su acción diplomática ha sido clave para el restablecimiento de las relaciones de Cuba y Estados Unidos, para el avance en los acuerdos de París contra el cambio climático, en la acogida a los migrantes de la crisis siria y en el enfriamiento del conflicto entre cristianos y musulmanes en algunos países de África.

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Su mensaje, que enriquece la profunda doctrina social cristiana, se ha centrado en el combate a la “cultura del descarte”. Una cultura impulsada por una economía de la especulación y del lucro que crea bolsas de miseria y de exclusión, donde las personas mueren por hambre, por falta de atención médica y por la creciente violencia. El Papa ha propuesto una serie de principios y nuevos estilos de vida que ayuden a construir caminos para un auténtico desarrollo centrado en la dignidad de la persona y el bien común. Un desarrollo para todos, que ataque de fondo las causas estructurales de la injusticia y la pobreza y que se presente como alternativa a la “globalización de la indiferencia” y al consumismo desenfrenado.

Francisco visitará el México dolorido que se representa en los migrantes perseguidos, en las cárceles inhumanas, en los jóvenes sin oportunidades de desarrollo, en los indígenas excluidos, en los enfermos, en las víctimas de la violencia. Viene a ellos a abrazarlos en un mensaje de esperanza que sólo puede comprenderse plenamente desde el misterio de la fe.

El Papa también hablará a las familias mexicanas que hoy enfrentan un proceso de debilitamiento y desintegración. A ellas les recordará su misión en favor de la vida, su importante tarea educativa y su llamado a contrarrestar la cultura individualista.

En los encuentros que sostendrá con los representantes de los poderes y el cuerpo diplomático, seguramente el jefe del Estado Vaticano recordará que el “verdadero poder es el servicio”. El combate a la corrupción y al crimen organizado es un deber prioritario; nadie puede hacerse un lado en la lucha contra estos flagelos que carcomen la sociedad.

Para un país sediento de liderazgos auténticos, coherentes, el papa Francisco se presenta como un ejemplo cuyo testimonio exige un camino de conversión, un llamado exigente a superar el divorcio entre fe personal y vida pública. Pero lo más importante de su visita no ha de acontecer en los seis días que estará en México, sino en el poder transformador de su discurso en el corazón de los mexicanos, de las familias y de las estructuras del poder económico, político y cultural.


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