martes, mayo 26, 2026
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Festejos morenistas con olor a celda

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En Morena ya andan organizando la pachanga para celebrar los dos años de gobierno de Claudia Sheinbaum. Que si discursos, que si banderitas, que si “cerrar filas” contra las “amenazas externas” y las “calumnias mediáticas”. Todo muy patriótico, muy de “nos atacan porque nos tienen miedo”. Pero detrás del mariachi y los aplausos, lo que se huele es miedo… miedo a que buena parte de la militancia acabe en el bote si las acusaciones de Estados Unidos sobre vínculos con el crimen organizado siguen tomando fuerza.

Porque no nos hagamos: cuando un gobierno se pone a gritar que todo es culpa de los medios y de los extranjeros, es porque la cosa está fea. El discurso de “calumnias mediáticas” suena más a berrinche que a defensa seria. Y lo de “amenazas externas” es el clásico recurso de manual: culpar al vecino para no hablar de los problemas de casa. El detalle es que el vecino no es cualquiera, es Estados Unidos, y cuando ellos señalan vínculos con el narco, no lo hacen nomás por chisme de vecindario.

El festejo, entonces, parece más un acto de supervivencia política que una celebración genuina. Se trata de blindar a la militancia con discursos de unidad, como si cantar el himno y levantar el puño fuera suficiente para que los jueces norteamericanos se olviden de los expedientes. El riesgo es que, en lugar de fortalecer al partido, estos eventos terminen exhibiendo la fragilidad de su narrativa: un movimiento que se dice del pueblo, pero que se defiende como corporación acorralada.

Y claro, la ironía no falta. Mientras se presume que hay libertad de expresión y democracia plena, se acusa a los medios de “calumnias” por publicar lo que incomoda. Mientras se habla de soberanía, se depende de que el vecino del norte no apriete demasiado. Mientras se organizan fiestas, se teme que la lista de invitados acabe reducida porque algunos estarán ocupados en audiencias judiciales.

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Los morenistas quieren que el festejo sea un muro simbólico contra la crítica. Pero la realidad es que los discursos no borran las investigaciones ni las sospechas. La militancia puede gritar “¡unidad!” todo lo que quiera, pero si los expedientes avanzan, el grito se escuchará más en los pasillos de las cárceles que en las plazas públicas.

Al final, el festejo de los dos años de Sheinbaum corre el riesgo de convertirse en un espectáculo de negación colectiva: un intento de tapar el sol con un dedo mientras la sombra del crimen organizado sigue creciendo. Y ahí está la verdadera tragedia: que en lugar de rendición de cuentas, lo que se ofrece es fiesta. Una fiesta que huele más a miedo que a celebración.

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