Es Anaya, no cualquiera

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Fiel a su tradición democrática, el PAN elegirá este domingo a la dirigencia nacional que encabezará a la organización por los próximos tres años. Es el liderazgo que habrá de preparar al partido para enfrentar el complejo calendario electoral de 2016 y la aduana del 2018 en un momento en el que los ciudadanos ven con recelo a los partidos políticos, desconfían de la política institucional y exigen cambios significativos en la fisonomía y en el desempeño de nuestra democracia.

Los panistas decidiremos qué partido queremos: un partido que se acomoda en la oposición o un partido que se define en función de las responsabilidades de gobierno que asume; un partido que se fatiga en las dinámicas internas o un partido que hace política interna para ganar las elecciones constitucionales; un partido dividido por las plurinominales o un partido unido en torno a las causas sociales. 

La decisión es, sin duda, sobre el futuro del PAN, y no sobre lo que debemos rescatar o recuperar de nuestro pasado. Por mucho tiempo nos ha hecho daño, en términos de unidad y de eficacia, ese falso entendimiento de que el PAN está dividido entre buenos y malos, entre los depositarios de la mística y los ambiciosos que se aprovechan de la mística, entre los que militan en los principios y los que los falsean.

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Basta ver los miles de ciudadanos que, con credencial o sin ella, todos los días defienden el credo panista. Los principios, las ideas, son nuestro común denominador: el adhesivo básico de nuestra pertenencia. Es el dato que nos hace distintos de otras alternativas.

Pero los principios no se deben quedar en el recital. No son frases para adornar nuestros discursos. Son el manual para hacer políticas públicas, la guía para tomar decisiones públicas, los rieles por los que se desliza el poder.

Los principios son la motivación de nuestra búsqueda del poder, porque el poder es el mecanismo para hacer y cambiar realidades.

Y traicionamos nuestros principios cada vez que ensanchamos al Estado en detrimento del individuo, cada vez que cerramos un mercado para esconder una ineficiencia, cada vez que cedemos en la insistencia del imperio de la ley y la razón de los derechos humanos.

Gracias a que nuestros principios han despertado la conciencia de miles de ciudadanos, México vive en democracia, ha tenido largos periodos de estabilidad política y económica, ha avanzado en transparencia y en la rendición de cuentas. Conquistas todas que ahora el PRI defiende como si fueran propias, y muchas veces lo hace mejor que nosotros mismos.

Tenemos que recuperar el gobierno para materializar nuestros principios. Porque el PAN no nació para ser testimonio, sino para transformar, desde el poder, las estructuras políticas, económicas y culturales del país.

México requiere un nuevo gobierno del PAN para corregir lo que están destruyendo a palmos los priistas. Y ese gobierno se empieza a construir desde este momento, no en la víspera de 2018 como nos sucedió en el 2012. El partido debe tener capacidades instaladas para ganar cualquier elección y en cualquier momento. Debe abandonar esa suicida tendencia a reducirse en proyectos personales que van y vienen cada tres años.

Ricardo Anaya es la opción que necesita el PAN. Disciplinado, inteligente, hábil negociador, comunicador eficaz, estratega audaz. Conoce cada centímetro del partido. Significa la transición generacional, más que un mero relevo de rostros; la reivindicación de la buena y útil política; la recuperación de la esencia técnica por encima de la improvisación. Entiende que la unidad en política es como el sentido de armonía que aprendemos en nuestras casas: todos sabemos qué podemos hacer para que exista y todos sabemos qué la destruye. En el PAN aprendió que la autoridad del dirigente proviene de la disposición de tratar a todos con justicia. Tiene claro que ningún conflicto, por mínimo que sea, debe quedar sin atención, porque en la inacción fecundan todos los males de nuestra convivencia.

El PAN es la oposición serena de México, la que construye soluciones, la que enfrenta los problemas con ideas y votos en el Congreso. Nunca hemos sido la opción del “no” por reflejo. No lo fue don Manuel o González Luna, ni Christlieb o Abel Vicencio, tampoco don Luis o Carlos Castillo. México necesita una alternativa firme pero dialogante, lista para asumir en cualquier momento los destinos del país, y no esa demagoga opción que hace oposición con la mano izquierda y gobierna con la mano derecha, o aquella que cada tres años necesita desdecirse de todo a lo que se opusieron.

Ricardo Anaya es justo eso: la opción tranquila, serena, responsable y de futuro para el PAN.


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