viernes, agosto 28, 2026
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El Poder Bicéfalo que Sheinbaum ya no tolera

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La tesis de la subordinación

Durante meses, la narrativa dominante sostuvo que Claudia Sheinbaum gobernaba bajo la sombra de Andrés Manuel López Obrador. Los indicios parecían abundantes: la reiterada defensa pública del legado del expresidente, su respaldo a obras cuestionadas como la llamada «megafarmacia» del IMSS-Bienestar, y la solidaridad mostrada cuando la visa estadounidense de su hijo, Andrés Manuel López Beltrán, fue revocada por el Departamento de Estado. Cada gesto alimentaba la tesis de una presidenta ejecutora, no arquitecta, de una agenda heredada.

Los hechos que desmienten el guion

Sin embargo, los datos duros cuentan una historia distinta. Sheinbaum desmontó en la práctica la doctrina de «abrazos, no balazos» que definió la política de seguridad obradorista. Solo entre 2025 y lo que va de 2026, el gobierno mexicano transfirió a Estados Unidos al menos 92 reos vinculados al narcotráfico, en remesas de 29 en febrero de 2025, 26 en agosto y 37 en enero de 2026, muchos de ellos identificados como operadores de los cárteles de Sinaloa y Jalisco. La Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana justificó el envío de 37 narcotraficantes argumentando que representaban una amenaza real para la seguridad del país, un criterio de cooperación judicial impensable en el sexenio anterior.

El episodio más revelador, no obstante, no ocurrió en la frontera sino en Culiacán. Cuando el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, intentó retomar el Palacio de Gobierno sin previo aviso a Palacio Nacional, la respuesta presidencial fue inmediata y severa. La misiva de Sheinbaum, sin mencionar por su nombre a Rocha Moya, iba dirigida tanto a él como al personaje que lo respalda y apadrina, en clara alusión a López Obrador. El resultado fue contundente: la presidenta hizo una declaración de autonomía operativa, afirmando que ningún interés particular o de grupo puede colocarse por encima del bienestar de la Nación y que los cargos son pasajeros mientras la responsabilidad es permanente, un mensaje institucional dirigido tanto a gobernadores díscolos como a liderazgos de la administración pasada.

La grieta que no se puede ocultar

El episodio Rocha Moya expuso una fractura real dentro del movimiento. El regreso del gobernador con el respaldo de López Obrador, sin consultar a la presidenta, provocó una implosión dentro del morenismo, dividiendo al movimiento entre quienes operan bajo las instrucciones del expresidente y quienes respaldan a Sheinbaum. Este quiebre coincidió, no por casualidad, con dos golpes adicionales al círculo obradorista: la cancelación de la visa de Andy López Beltrán y la exaltación de Omar García Harfuch como «socio de confianza y buen amigo de Estados Unidos» por el propio director de la DEA, Terry Cole, en la Cumbre antidrogas celebrada en Argentina.

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La sofisticación del doble discurso

Lo más interesante del fenómeno es que Sheinbaum nunca ha reconocido públicamente el distanciamiento. Ante la insistencia de la prensa, la presidenta descartó de manera categórica cualquier encuentro con el expresidente durante una gira reciente por Tabasco, mientras insistía en que su gobierno mantendría la continuidad de la Cuarta Transformación. Este doble registro —ruptura en los hechos, lealtad en el discurso— no es contradicción ingenua sino cálculo político deliberado.

La retórica soberanista funciona en ambas direcciones. Cuando conviene, Sheinbaum invoca la soberanía nacional para resistir presiones de Washington, exigiendo pruebas antes de extraditar a funcionarios señalados. Entre 2018 y mayo de 2026, México presentó 269 solicitudes de extradición a Estados Unidos sin que ninguna fuera concedida, cifra que la presidenta utiliza como argumento de reciprocidad ofendida. Pero esa misma soberanía se vuelve flexible cuando se trata de desactivar a gobernadores o funcionarios que amenazan su control interno, entregándolos sin resistencia al aparato judicial estadounidense.

La pregunta que Morena no puede seguir evadiendo

El desplazamiento de figuras heredadas del sexenio anterior —Rocha Moya, Adán Augusto López, entre otros— no responde a una ruptura ideológica, sino a una reconfiguración silenciosa del poder que Sheinbaum construye cambio a cambio, gabinete a gabinete. Las acusaciones estadounidenses contra funcionarios de su propio partido no son solo un problema diplomático: son la coartada perfecta para consolidar autoridad sin asumir públicamente el costo de romper con quien la hizo presidenta. ¿Podrá Morena sostener la ficción de la unidad cuando la propia presidenta ya ha decidido, en los hechos, gobernar sola?

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