viernes, mayo 29, 2026
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El ocaso del dogma lopezobradorista y la ruptura pragmática de Sheinbaum

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La administración de la presidenta Sheinbaum ha ingresado prematuramente en una fase de colisión entre la mística heredada y la terca realidad material. La reciente determinación de incursionar en la extracción de hidrocarburos mediante métodos no convencionales —el anteriormente proscrito fracking— no es una simple decisión técnica; es el primer parricidio político del sexenio. Al reactivar esta práctica, la mandataria no solo busca la soberanía energética, sino que admite implícitamente el agotamiento del modelo extractivo tradicional que su antecesor defendió con fervor casi religioso. Esta maniobra revela una contradicción sistémica: para financiar la continuidad social, el régimen debe traicionar sus promesas ambientales más emblemáticas.

Esta fricción energética es, sin embargo, el síntoma de una patología mayor: la esclerosis del aparato de propaganda y la estructura de lealtades compartidas. La plataforma de comunicación y gestión política diseñada por la administración anterior se ha transformado en un lastre de rendición de cuentas deficiente y ruidosa. Lo que ayer fue un blindaje de popularidad, hoy es una jaula de ecos que impide la consolidación de un estilo propio. La presidenta se encuentra ante la urgencia de desmantelar la arquitectura de poder de su predecesor para evitar que la sombra del pasado eclipse la viabilidad de su futuro.

La transición hacia una autonomía real exige una purga técnica en los mandos medios y superiores, donde la lealtad al caudillo aún prevalece sobre la eficiencia administrativa. La dependencia de cuadros cuya brújula política apunta hacia un domicilio distinto al de la sede del Ejecutivo genera una bicefalia gubernamental insostenible. En este escenario, la sustitución de las figuras de la vieja guardia por un círculo compacto de tecnócratas leales a la nueva visión no es una opción, sino un imperativo de supervivencia institucional. La paradoja es clara: para salvar el proyecto político, la presidenta debe destruir los pilares que lo sostuvieron en su origen.

El desafío de Sheinbaum radica en gestionar esta ruptura sin fracturar la base social. Sin embargo, el pragmatismo energético y la limpieza administrativa sugieren que el «segundo piso» de la transformación requiere cimientos de un material mucho más denso y menos sentimental que el utilizado en el pasado. La política mexicana asiste a una metamorfosis donde la ideología cede ante la necesidad de control territorial y financiero, marcando el fin de la era de la retórica pura para dar paso a un realismo descarnado.

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