El Congreso automutilado

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El lunes pasado durante la sesión de Congreso General en la que los grupos parlamentarios se expresan sobre la situación del país y sobre los que serán los temas que impulsarán en el año legislativo que comienza, varios de los legisladores volvieron a señalar la debilidad del formato del Informe Presidencial que rige ahora. Decían, como cada año desde que se modificó la Constitución para eliminar la obligación del Presidente de ir a la Cámara de Diputados a rendir su informe sobre el estado de la nación, que el Congreso se ha convertido en una mera oficialía de partes que literalmente sólo recibe un documento a manera de informe de gobierno. En efecto, la de por sí casi nula rendición de cuentas que existía antes, fue borrada de nuestra Constitución para comodidad de los presidentes, en detrimento de las facultades de control del Congreso y por ende, en perjuicio del buen gobierno al que aspiramos todos.

¿Pero cómo fue que el Congreso claudicó a una de sus principales funciones como órgano de fiscalización y control del gobierno? Fue en 2006 cuando el último Presidente de México acudió a la Cámara de Diputados a rendir su informe: Vicente Fox quien en medio del conflicto derivado de la elección en la que resultó electo Felipe Calderón no pudo ni siquiera entrar al salón de plenos so pena de ser agredido por los legisladores de izquierda. Una permanente amenaza de descalificaciones y violencia por parte de la izquierda hacia el presidente Calderón imposibilitaban que éste acudiera a la Cámara el siguiente año, por lo cual se aprobó en 2007 la reforma que eliminó su obligación de asistir. La falta de madurez política de los diputados de izquierda y su incapacidad de dialogar y debatir en el marco de las instituciones —que se había acrecentado año con año al menos desde el sexenio de Carlos Salinas—, derivó en una automutilación del Congreso.

A partir de eso, el informe de gobierno es todo menos un verdadero ejercicio de rendición de cuentas. En vez de ser un análisis objetivo sobre la realidad y los desafíos del país, se ha convertido en una narración de loas y autocomplacencias, sobre lo bien y maravilloso que marcha el país. No es un informe sobre el estado de la nación, sino una numeralia alegre de las acciones gubernamentales, sin posibilidad de pedirle al Presidente ahondar en explicaciones, mucho menos de disentir o replicar.  El informe tiene que recuperar su carácter republicano, propio de un país democrático, donde hay equilibrio de poderes, debe ser un espacio de encuentro para hacer un alto sobre lo que hemos logrado como país y lo que nos falta por hacer. No debe haber silencios cómodos ni oportunida de evadir temas fundamentales de la nación como la falta de crecimiento económico del país, la omisión en el combate a la corrupción, la creciente inseguridad o la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores, todos ellos, temas de los que no habló el Presidente.

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Iniciativas legislativas para restablecer el espíritu de rendición de cuentas del informe hay muchas que lamentablemente duermen el sueño de los justos y que podían haber sido dictaminadas como parte de la recién aprobada Reforma Política, dejamos pasar esa oportunidad, pero habremos de seguir insistiendo en que la política debe hacerse en el marco de las instituciones y no sólo por los medios de comunicación.

El Presidente debe volver al Congreso a rendir su informe y aceptar interacción con los legisladores. Formatos para que el parlamento analice los resultados de gobierno hay muchos en el mundo que nos pueden servir como ejemplo: desde la obligación del Presidente de presentar un plan de trabajo anual cuyo cumplimiento será evaluado al final del periodo, hasta la obligación de las comisiones de hacer un análisis de las acciones realizadas en las materias de su competencia y preparar así la comparecencia del Presidente en la que se aceptan réplicas y debate.  En esta nueva etapa del México reformado es importante también fortalecer las instituciones democráticas y sus mecanismos para procurar un gobierno eficaz que como ha dicho el propio presidente Peña: “Ponga las reformas en acción”.

Al margen: en el análisis del rubro de política exterior del Informe de Gobierno, llama la atención la desproporción entre la atención que se le da a las relaciones bilaterales en comparación con la política exterior en el espacio multilateral, justo porque es ahí donde en mayor medida puede realizarse el objetivo de este gobierno de actuar con responsabilidad global.


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