sábado, agosto 29, 2026
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Devotos, elecciones y otros políticos non sanctos: La ley a conveniencia

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Fíjense nomás en el arte de acomodar las reglas según el día y el beneficiario. En 2019, cuando había que acomodar a Paco Ignacio Taibo II —escritor de oficio, español de nacimiento y mexicano por naturalización— en la dirección del Fondo de Cultura Económica, Morena no dudó. Quitaron del artículo 21 de la Ley Federal de Entidades Paraestatales el requisito de ser mexicano por nacimiento y no haber adquirido otra nacionalidad. Se acabó el “traje a la medida”, dijeron algunos. Se acabó la discriminación, justificaron ellos. Y listo: la llamada Ley Taibo entró en vigor y el escritor pudo asumir el cargo sin renunciar a su otra ciudadanía. Cuando se necesitaba abrir la puerta, se abrió de par en par.

Hoy, siete años después, el mismo partido que abrió la ley para uno de los suyos quiere cerrar la Constitución. La presidenta Claudia Sheinbaum envió una iniciativa para reformar los artículos 82, 116 y 122. Quien aspire a la Presidencia, a una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México deberá renunciar a cualquier otra nacionalidad antes de registrarse como candidato. Argumento oficial: que el interés superior sea México y no haya “dos intereses”. Suena patriótico. Suena coherente. Hasta que uno recuerda que hace poco la coherencia cabía en un decreto a modo.

Ahí está el meollo del asunto. Cuando el beneficiario era cercano, la nacionalidad por naturalización no era problema y se eliminó el obstáculo de un plumazo. Ahora que hay aspirantes incómodos —o posibles rivales con pasaporte de más—, de pronto la doble nacionalidad se vuelve sospechosa y hay que blindar la Carta Magna. No es que el principio sea malo. Es que el principio cambia de dueño según quien ocupe el sillón o amenace con ocuparlo.

Taibo II es un autor respetable, de trayectoria larga y obra reconocida. Nadie le quita el mérito literario ni el derecho a dirigir una editorial pública si la ley se lo permite. El problema no es él. El problema es el patrón: la ley se estira o se encoge como elástico barato según convenga al proyecto político del momento. Hoy abrimos para el compañero. Mañana cerramos para el adversario. Y siempre con el mismo discurso de dignidad nacional.

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Así se legisla en este país: no con principios fijos, sino con urgencias de temporada. Y el ciudadano de a pie, el que no tiene padrinos ni doble pasaporte ni acceso al Congreso, se queda viendo cómo las reglas se reescriben delante de sus narices. Una vez más. Como siempre.

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