Ciclo de vida de la marca AMLO

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Es el presidente Andrés Manuel López Obrador un personaje político convertido en una marca. Las marcas tienen ciclos de vida: introducción, crecimiento, madurez y declive. Las marcas se construyen sobre realidades de producto, dotándolas de componentes emocionales que crean nuestros intangibles competitivos, que conforman nuestra oferta y nuestra propuesta de valor. El viaje emotivo de AMLO transitó las primeras etapas hasta llegar a la madurez convirtiéndose incluso en aspiracional, más nunca –lamentablemente- se volvió racional. Ante el ocaso de la etapa de madurez del ciclo de AMLO, el inicio del declive ha iniciado ya provocado por el desgaste evolutivo que produce su toma de decisiones, el gobernar, el incumplir promesas de campaña y el no poder beneficiar a todos sus adeptos. Tras haberse consumido 54% de su periodo presidencial, sus actos, los hechos y la realidad comienzan a desgastar aceleradamente a la emoción, la euforia va decreciendo, las dudas crecen y la aspiración de buscar otra marca mejor surcan la mente de los mexicanos cada vez con mayor intensidad.

En nuestro país, donde antes la inseguridad y la pobreza, aunados a otros temas como la corrupción generaron la desaprobación al gobierno, el descredito de los gobernantes, la apatía y el hartazgo social necesario como para confrontar a las autoridades y mermar los niveles de gobernabilidad a niveles preocupantes. Hoy México sigue siendo un país donde todos esos elementos permanecen y ninguno de ellos puede decirse que ha logrado corregirse. Por el contrario, la descomposición y los daños han aumentado durante este sexenio.

El bono de confianza, la popularidad y el compas de espera que la sociedad mexicana le concedió a AMLO para que trabajara, para que pusiera en acción sus ideas, para que ejerciera el poder sin cortapisas, ha sido desaprovechado. Explotar la necesidad de la masa social, una ciudadanía que esta ávida de tener en quien creer, que creyó que el cambio presidencial representaba la esperanza de mejoría y les renovó la esperanza y la confianza, empieza a tener un mal despertar. La popularidad ha sido y es insuficiente para dar resultados, para gobernar, para dirigir adecuadamente los destinos de una nación heterogénea, multiétnica, con gran diversidad de pensamiento, en un mosaico cultural en evolución. No solamente el resultado del ejercicio presidencial queda a deber entre la realidad y la expectativa, sino que la tremenda polarización que ha provocado entre los mexicanos permeó a todo el tejido social provocando rupturas, divisiones, ampliando brechas y truncando lazos. Su propaganda le funcionó un tiempo, creó aspiraciones compartidas, su discurso se escuchó… pero ya no basta ni es suficiente ni alcanza para llegar hasta 2024. Ante sus propios actos, los discursos de odio, la acusación interminable, los pretextos, las calumnias, el debilitamiento de sus enemigos imaginarios, cual molinos de viento de un Quijote con fallas en la maquinaria mental. Era previsible que pasaría pero AMLO aceleró su declive por gusto, por sus malas decisiones. Pensó que era inmune, que estaba blindado, que era invencible.

Nada es para siempre. Parafraseando a Séneca: No es que tengamos poco tiempo, es que perdimos mucho. AMLO no abatió la corrupción, al contrario, se benefició como los anteriores. La inseguridad, el narcotráfico, las muertes con violencia son peores que nunca. La inflación volvió. La gasolina subió. Y el gas, y los alimentos. No hay medicamentos suficientes. Mucho ruido y pocas nueces. AMLO tuvo un despegue exitoso, inició el vuelo sin turbulencia, pronto comenzaron a pesar los errores del piloto y la tripulación para generar mal viaje, turbulento y el aterrizaje será nada placentero para los pasajeros, los mexicanos.

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