Anaya, Beltrones, Navarrete; retos y responsabilidad

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En las elecciones legislativas de junio pasado los tres partidos que tradicionalmente captaban las mayores porciones de sufragios y dominaban en el espectro ideológico apenas alcanzaron el 61.06 por ciento de la votación nacional

En las elecciones legislativas de junio pasado los tres partidos que tradicionalmente captaban las mayores porciones de sufragios y dominaban en el espectro ideológico apenas alcanzaron el 61.06 por ciento de la votación nacional. Cuatro de cada diez ciudadanos que acudieron a las urnas prefirieron otras opciones. Desglosado se ve así: por cada decena de votantes 3 cruzaron el emblema tricolor, 2 se pintaron de azul y 1 creyó en el Sol Azteca.

Este cuadro pierde su ya de por sí débil colorido y se torna negro, si extraemos una prueba de su verdadero arraigo popular, al medir su votación respecto a los 83 millones y pico que integran la lista nominal de electores. De cada centena 14 votaron PRI, 10 PAN y 5 PRD. Dicho con crudeza, sin ánimo de ofender, esta es su fuerza real. Tan pobre el pinto como el colorado. Lo demás son malabarismos legales, artificios estructurales y criminal derroche de dinero para poblar las instituciones de la República con cierto toque de pluralismo.

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Nuestro actual sistema político, producto de una larga y contrahecha transición, incorporó en sus modos la cultura de la dictadura perfecta, recicló a los poderes fácticos creados y cebados en aquel legendario parque jurásico e incubó nuevas especies depredadoras, como el PVEM. Ahora hace agua por todos lados. Los números de la elección enseñan el tamaño de los boquetes. Es urgente la reconstrucción y fortalecimiento de los órganos del Estado. Para relegitimarlos se requieren liderazgos políticos de verdad. Visionarios y comprometidos con el país, no con su proyecto personal o de partido. La situación de México no resiste más el asedio de la plaga de individuos frívolos con poder, huecos de valores y patriotismo, encumbrados por la coyuntura o la mercadotecnia, ayunos del sentido político trascendente, sin templanza en el ejercicio de las funciones públicas e insaciables en el saqueo de los presupuestos.

Por eso no es noticia pasajera los relevos en los mandos de los tres partidos mayores. Conforme a sus tiempos y a sus normas el PAN eligió a Ricardo Anaya y a su planilla. En el PRI la decisión presidencial tuvo dos factores: el efecto y el afecto. El primero lo llevó a recurrir a un político necesario para los tiempos y la penosa deriva de su gestión, así Manlio Fabio Beltrones toma la jefatura política del partido. Lo segundo se manifestó en la posición de la Secretaría General, se le concede a una representante de las dinastías mexiquenses. En el PRD, Navarrete, se supone que con el visto bueno de su habilidosa tribu, decidió recetarle un revulsivo a la organización para revivirla, porque AMLO y su Morena le produjeron, caquexia populista terminal. La operación de salvamento está en marcha y se buscan dirigentes con perfiles frescos, atractivos para una importante franja de electores que hoy no encuentran cauce en ninguna de las ofertas disponibles de la izquierda. Se mencionan a Zoé Robledo y Armando Ríos Piter ambos con edades y estilos adecuados a tales necesidades y urgencias.

Anaya, Beltrones y quien sustituya a Navarrete tienen en sus manos graves responsabilidades con sus partidos y con México. Deben hacer todo cuanto esté a su alcance para frenar el acelerado deterioro del sistema político. La combinación de veteranía con juventud, dentro de la competencia y el diálogo político, puede rendir buenos frutos. Es la oportunidad para un sexagenario experto y para treintañeros sensatos, de trabajar pragmáticamente por este objetivo, común y superior. El reto no es ser candidato en el 2018 sino que la democracia mexicana sobreviva al 2018.


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