A la mitad del camino

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Aquello de que un optimista es un pesimista malinformado constituye, en el escenario político de México, una perogrullada. El panorama es oscuro a diestra y siniestra. Por un lado, todo indica que el presidente López Obrador intensificará su autoritarismo beligerante en la medida en que se acerque 2024 (los cambios en su Gabinete apuntan en esa dirección); por otro, la oposición blande dirigentes que lejos de hacerle sombra le regalan más luz (la reunión de senadores panistas con Vox le servirá a AMLO para nutrir alegremente cien mañaneras).

La 4T revierte en 3T. Retoma el culto a la personalidad del régimen posrevolucionario al grado de trocar a aspirantes y suspirantes a la candidatura presidencial de Morena en meros exégetas de AMLO, atentos no solo a sus palabras sino hasta a sus gestos para demostrarle fidelidad absoluta y dispar cualquier sospecha de pensamiento propio. Nadie se resigna a ver inalcanzable a la jefa de Gobierno —sentada en primera fila en el Informe, junto a la representante de la familia y adelante de los secretarios de Estado— porque todos esperan que tropiece y le abra el camino a alguien más, aunque ese alguien tenga que ser otro incondicional que nunca le haya dicho que no al jefe máximo. Y por si fuera poco, la Secretaría de Gobernación se endurece con un ejecutor —operador solo hay uno y es AMLO— que tripulará la aplanadora morenista en el Congreso, apretará a la Corte y recuperará para Bucareli el control de los instrumentos coercitivos que pueden echar todo el peso del Águila encima de los enemigos peligrosos.

La alianza opositora, por su parte, está extraviada. El PAN, principal partido de oposición mexicano, aún no se da cuenta del error de asociarse con el PRI y ya se hermana públicamente con la ultraderecha española (la que esgrime la xenofobia a la Le Pen o Trump y, por cierto, se refiere por escrito a nuestro país como “Méjico”, con la prepotente jota) logrando el milagro de darle a AMLO votos de la clase media aspiracionista. No conforme con marginar o maltratar hasta la deserción a cuadros valiosos, la dirigencia panista parece olvidarse de lo mejor de su historia —la brega democrática que impulsó nuestra transición— en aras de la puja por el Estado guardián. Y es que, como en la izquierda y en todos lados, en el PAN siempre ha habido extremistas, pero antes ese partido se aseguraba de mostrarnos que eran minoría. Ahora que le urge renovar el humanismo y el solidarismo de cara al futuro, le entrega el protagonismo mediático a quienes nos ofrecen el túnel del tiempo: remisos del anticomunismo de la guerra fría defienden la propiedad privada abrazados con nostálgicos de la dictadura franquista. El panismo anacrónico que AMLO empoderó en el imaginario de su discurso maniqueo le devuelve el favor corroborando la caricatura del PRIAN.

No solo AMLO está a la mitad del camino. México está atrapado entre la ruta de la restauración autoritaria y el vacío opositor, entre la hegemonía narrativa y la profecía auto cumplible. Se alejan equilibrios democráticos que no hemos tenido y se acerca cada vez más el presidencialismo autocrático que ya nos flageló. Los mexicanos estamos a la mitad del camino entre el pozo del que creímos salir y el hoyo que estamos cavando.

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