Ya, en serio ¿cuál es la solución?

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Los lamentables hechos ocurridos en Iguala exhiben lo peor y lo mejor de la sociedad. Lo peor, al desnudar al sistema que permite ganar una alcaldía a un sujeto con vínculos criminales —cuya cadena de delitos aún no terminamos de conocer—, a medios de comunicación que insisten en trivializar el crimen, en este caso repiten una y otra vez el calificativo la “pareja imperial”, para referirse a quienes por semanas fueron los prófugos más buscados en todo el país, a policías trabajando para el crimen organizado, a políticos indolentes y rapaces que sólo están preocupados de cómo minimizar el daño electoral, a autoridades que han priorizado sus negociaciones políticas por encima del Estado de derecho, protestas que terminan en vandalismo y nuevamente justicia trivializada por la opinión pública y vándalos en nuestras calles.

Lo mejor, sin duda, ha sido que como sociedad logramos indignarnos de nuevo. Dejamos, por un momento, de lado la indiferencia e hicimos propio el dolor del prójimo. La solidaridad entre jóvenes ha sido destacable, por ejemplo, el que sean estudiantes de escuelas públicas o privadas o de distintos estados de la República deja de ser lo importante para abrirle paso a una sociedad activa.

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Lo ocurrido el 26 de septiembre es una tragedia que, a pesar de parecer estar en proceso de solución, tiene un largo camino por recorrer. Con el luto en el corazón y en nuestras acciones comprometidas con el Estado de derecho, estoy convencido de que a estos 43 jóvenes ya les debemos mucho. Ellos han sido el detonante nacional que nos ha sacado del letargo y la apatía, claro, en el más puro sentido ciudadano (jamás en el de oportunistas que están lucrando con estos hechos, ni en el de aquellos que están construyendo su personalísima agenda a partir de esto). Lo relevante es que este luto debe ser parteaguas en la recuperación de nuestros jóvenes.

Pareciera completamente obvio que la solución está frente a nosotros, y, coincido, es muy evidente, pero ya basta de proponer grandes acuerdos, que en principio sólo sirven para derrames de retórica y buenas intenciones.

Lo que verdaderamente necesitamos es respeto por la ley y que ésta se aplique de manera irrestricta en todos los niveles. ¿En verdad necesitamos un pacto que diga que efectuaremos aquello que protestamos cumplir?

Creo firmemente que la única reforma que nos hace falta es la de actitud, ya hemos tolerado y hasta cierto punto nos hemos hecho cómplices de la violencia, vivimos en una sociedad que sigue anclada a sus filias y fobias, que insiste en creer que no importa lo que hagamos porque al final todo seguirá igual. Necesitamos dar un rechazo rotundo a quienes diariamente abonan al sabotaje de México.

Los que queremos un país en paz, donde todos podamos vivir tranquilos somos la mayoría, pero somos una mayoría silenciosa que aún sigue siendo callada por una minoría muy ruidosa.

Esa construcción de la paz sólo la lograremos a través de la participación social, eso tampoco es descubrir el hilo negro, es voltear a ver cómo en el mundo los países que han pasado por conflictos similares han cimentado una nueva etapa gracias a la inclusión y acción de todos los sectores sociales. Sólo donde la sociedad se pone en acción (y no solamente en queja) se construye la paz y la seguridad.

Este gran trayecto no será sencillo, requiere del esfuerzo de todos, sin excepción alguna, pero al final, el costo de no asumir este proceso es infinitamente más alto.

Querido lector, hoy quisiera lanzarle un reto, el de la #ReformaDeActitud ¿usted, a qué se compromete por ayudar a nuestro querido y lastimado país? No importa el tamaño de su acción, lo verdaderamente relevante es que no deje de hacerlo.

México necesita urgentemente de reconciliación nacional, una reconciliación con nosotros mismos, y es momento de aceptar que de no hacer nuestro este proceso y de no contribuir a la creación de resultados sostenibles, será muy difícil —casi imposible— proporcionar un futuro que tenga sentido.


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