Un ocho de junio gris

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De cara a los siguientes comicios, se están utilizando los peores métodos y las prácticas más corruptas de la vieja mapachería electoral.

No han olvidado nada y no han aprendido nada.

Napoleón, sobre los Borbones.

 Escribe Karl Marx: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar una vez como tragedia y la otra como farsa”.

Al inicio de este sexenio se discutió mucho si retornaba el viejo PRI, una segunda versión del partido de Estado o el PRI-gobierno. Muchos analistas refutaron esta posibilidad, pues nuestro proceso de consolidación democrática era irreversible.

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Desearía equivocarme, pero presiento que el ocho de junio los mexicanos nos sentiremos en la orfandad y veremos esa misma historia, pero ahora cargada de simulacro y malestar ciudadano.

En los 71 años que el PNR-PRM-PRI gobernó México utilizó algunas maniobras que ahora se repiten:

Desde el poder se crean partidos, que alguien, en forma atinada, denominó “paraestatales”. Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán apoyaron a Vicente Lombardo Toledano para que creara el PPS, y Adolfo Ruiz Cortines alentó a algunos generales revolucionarios a fundar el PARM. Ambas organizaciones postularon los mismos candidatos del partido oficial y apoyaron invariablemente las políticas emanadas del presidencialismo. Hoy, ese papel lo desempeñan el partido de las tres mentiras (PVEM) y el Panal. La farsa es ahora más burda por una presunción de pluralidad y transición democrática, cuando en realidad el sometimiento es ignominioso.

En su trayecto, el viejo sistema se vio nutrido de ideas generadas por ideólogos estudiosos de la historia de México. Intentar mencionarlos sería incurrir en graves omisiones.

La Revolución Mexicana y el nacionalismo revolucionario conformaron un cuerpo doctrinario que le dio sustento a un sistema político. Hoy, en el partido en el poder vemos un gran vacío, se vive un gran desconcierto y una ausencia de rumbo. En el contraste entre el antes y el después, hay un enorme déficit.

El viejo PRI se caracterizó por su oficio político: operadores hábiles sabían concertar, negociar, conciliar. Había un criterio profesional para elegir a los funcionarios en las distintas áreas de gobierno. Se cuidaba el perfil y hubo destacados servidores públicos que desempeñaron adecuadamente su papel. Grave contraste con el actual rostro del autoritarismo y la represión; no hay puentes de comunicación entre las distintas corrientes de pensamiento a pesar de presumir grandes pactos y acuerdos. La Secretaría de Gobernación dejó de operar políticamente y ha restringido su tarea a intentar disminuir la inseguridad nacional.

Me temo que con todo y la desaprobación ciudadana al gobierno, el PRI obtendrá la mayoría en la Cámara de Diputados y los resultados de las elecciones locales le serán favorables. He atestiguado cómo se están utilizando los peores métodos, las prácticas más corruptas de la vieja mapachería electoral. Es evidente el enorme retroceso.

Algo habrá que hacer en la segunda parte de esta administración ante los evidentes signos de agotamiento.

La democracia es el más ético de todos los sistemas políticos y es, también, el aprendizaje de una forma de hacer política y de un método para seleccionar personas a los cargos públicos. La próxima elección deberá servir para hacer un recuento de las muchas perversiones en que hemos incurrido y para asumir un auténtico compromiso de cambio.

Desde hace muchos sexenios se viene hablando de la última llamada, de la última oportunidad. También se insiste que en México no pasa nada y, cuando pasa, no pasa nada. Ya es hora de que algo pase y más nos vale tomar la iniciativa o se profundizará nuestra decadencia.


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