Taddei se va; el problema se queda

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Guadalupe Taddei anunció el domingo 25 de octubre que presentaría su renuncia ante la Cámara de Diputados el lunes 26, en medio de señalamientos por contratos y posibles conflictos de interés. Es la primera vez que quien encabeza el instituto electoral renuncia en medio de acusaciones de corrupción. La salida ocurre con el proceso electoral federal 2026-2027 ya en marcha. Hasta antes del anuncio, Taddei había rechazado separarse del cargo.

La lectura dominante sostiene que el desmantelamiento de los mecanismos de rendición de cuentas y transparencia ha multiplicado los casos de corrupción que estallan en medios y redes. La idea es seductora, pero los datos obligan a matizarla.

Estancamiento, no derrumbe. México obtuvo 27 puntos de 100 en el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 y ocupó el lugar 141 de 182 países, el último entre los miembros de la OCDE. Pero la calificación mejoró un punto respecto a 2024, cuando se registró el peor resultado de su historia reciente, con 26 puntos. La mejor marca fue de 35 puntos en 2014, es decir, un retroceso de ocho puntos en nueve años. El índice mide percepción de expertos y empresarios, no casos concretos. Lo que parece haber cambiado es la visibilidad de la corrupción, no necesariamente su volumen.

Quién la hace visible. El caso conocido como “Club Taddei” fue revelado por Latinus desde principios de 2026. Es decir, la alarma llegó del periodismo y no de la arquitectura institucional de vigilancia. Aquí aparece la primera fricción: el gobierno promueve un discurso de combate a la corrupción, mientras la extinción del INAI trasladó la transparencia a una dependencia del propio Ejecutivo. Un sistema que depende de filtraciones periodísticas para detectar irregularidades no tiene control, tiene suerte.

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La paradoja del árbitro. Taddei llegó a la presidencia del INE por insaculación, y López Obrador celebró ese resultado. Su perfil fue cuestionado por vínculos familiares con miembros de Morena. El organismo encargado de vigilar a los partidos fue encabezado por una figura cuya independencia se puso en duda desde el primer día. Quienes advirtieron entonces sobre el riesgo de captura hoy sienten que el tiempo les dio la razón. Pero hay un contrapunto incómodo: el nombramiento se hizo para un periodo de nueve años mediante un procedimiento legal que la oposición también avaló en su momento.

Tres versiones del mismo hecho.

La primera es la del oficialismo. La presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que no puede haber sombra de corrupción en el INE y que debe hacerse la auditoría. Desde esta óptica, la renuncia prueba que el sistema funciona. Hay un matiz que conviene no ignorar: la Auditoría Superior de la Federación abrió una investigación de oficio, y este órgano depende de una Cámara de Diputados donde la coalición gobernante tiene mayoría.

La segunda es la de Taddei. En su mensaje advirtió que la transparencia y el combate a la corrupción solo tienen sentido con rigor, imparcialidad y rendición de cuentas, no como consignas selectivas ni instrumentos de presión. La frase sugiere persecución política sin negar los hechos, y La Jornada observó que no desmintió las acusaciones.

La tercera es la de los observadores independientes. Un observatorio electoral pidió evitar que los actos de Taddei manchen al instituto. Separar la responsabilidad personal de la institución es necesario, pero insuficiente: el propio Órgano Interno de Control del INE había denunciado la entrega de documentos alterados durante auditorías del primer semestre de 2026. Si los controles internos detectaron anomalías meses antes de la renuncia, la pregunta es por qué la presidencia pudo resistir tanto tiempo.

La prueba que viene. El Congreso deberá designar a quien sustituya a Taddei, con elecciones a la vista y presiones presupuestales que columnistas como Julio Hernández López advierten que podrían exponer al instituto a errores graves. Si el relevo se decide con los mismos criterios de cercanía política, la renuncia habrá sido un cambio de rostro y no de reglas.

La lección real no está en el puntaje de un índice. Una renuncia no sustituye a las instituciones que deberían haber prevenido el problema. Y un gobierno que celebra la caída de una funcionaria, pero concentra el control de los órganos que la vigilan, enfrenta una contradicción que le conviene resolver antes de que otro escándalo lo haga por él.

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