Se fue Guadalupe Taddei del INE y no se fue sola. Se llevó el piso de varios organismos electorales locales que ahora tiemblan como si les hubiera caído un sismo de 8 grados. La renuncia de la presidenta del Instituto Nacional Electoral, acorralada por el escándalo de contratos y proveedores, destapó una red que llevaba años operando en silencio y que ahora deja damnificados por todos lados.
Resulta que el contratista favorito, José Alfredo Hernández Casillas y su hermano, con un grupito de siete empresas (Cajas Graf, Corporativo Zeg y compañía), se llevaron más de mil millones de pesos en contratos de material electoral. No solo en el INE. En por lo menos 13 estados. Y la relación con Taddei no empezó ayer: se remonta a cuando ella presidía el instituto de Sonora, allá por 2014. De ahí para acá, contratos a diestra y siniestra, adjudicaciones directas, licitaciones que se caían solitas para que entraran los de siempre.
La Auditoría Superior y la Unidad de Inteligencia Financiera ya están hurgando. Señalan posibles conflictos de interés, colusiones, triangulación de recursos y hasta transferencias sospechosas. Hay choferes del INE que resultaron ser apoderados de las empresas proveedoras. Hay funcionarios que pasaron de representar a esas compañías a ocupar puestos clave en el instituto. Hay videos de convivios familiares en París y fiestas donde se ven caras conocidas. Todo muy cosy, todo muy “casual”.
Ahora, en los estados, los que firmaron esos contratos con el clan de los Hernández Casillas están sudando frío. Algunos ya empiezan a señalarse entre ellos. Otros callan y miran para otro lado, esperando que el polvo se asiente. Porque cuando cae el jefe, los que estaban abajo empiezan a sentir que les va a tocar el boleto. Y no es para menos: si las investigaciones avanzan, va a haber más de uno que se quede sin silla, sin contrato y con el dedo acusador apuntándole.
Taddei se despidió “con serenidad” y diciendo que protege al instituto. Muy noble de su parte. Mientras tanto, el terremoto sigue sacudiendo los cimientos de varios organismos locales. Porque resulta que el favoritismo no se quedó en la capital. Se esparció como mancha de aceite. Y ahora que se destapó la olla, los damnificados empiezan a contar los platos rotos.
Así que ahí tienen el panorama: se va la presidenta, quedan las dudas, las investigaciones y un montón de funcionarios estatales que de pronto se dieron cuenta de que el contratista favorito no era tan favorito solo de ella. Bienvenidos al aftershock electoral. Que no se diga que no hubo aviso.



















