Sin perder el asombro

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Las malas noticias nunca deben de ser bien recibidas. La realidad contemporánea nos esta llevando a situaciones que eran antes excepcionales y hoy, por su reiteración, se empiezan a normalizar en el subconsciente colectivo, lo cual no es para nada agradable. Poco a poco, nos fuimos familiarizando con el robo de piezas automotrices. Pasamos del coraje extremo a la resignación conformista, pues la cantidad de víctimas de este delito es tan grande, que es difícil permanecer sin ser un dato estadístico, que corona la impunidad en México.

Los asesinatos y los feminicidios se han vuelto temas de conversación ordinaria. Dejaron de ser hechos o casos aislados y ahora se pueden comparar en nuestra memoria con otros hechos anteriores que ya conocíamos. Lo que antes era una referencia de terror, ahora es un relato común. El número alto de casos que conoce cada quien, empieza a provocar insensibilidad. Lamentable.

Incluso al caminar o transitar junto a la glorieta de los niños héroes en Guadalajara, los carteles que la forran con rostros de niñas, jóvenes y personas desaparecidas ya no atraen nuestra atención como si lo hicieron al empezar a normalizarse la práctica de colocar carteles en la vía pública. Hoy, para muchas personas son parte del paisaje, realidades que ya no sorprenden -siguen doliendo, siguen angustiando- porque la gente vive una vida en tensión, con prisas, con carencias económicas que provocan apatía para temas de la comunidad, creando distancia con los problemas que se creen ajenos, con miedo reprimido acompañado de plegarias para que no nos suceda a nosotros o a nuestros seres queridos.

Así como el médico forense no se inmuta con un cadáver, un cocinero no sufre ya por pequeñas quemaduras con sartenes y el horno, un jardinero no se enfada con las ampollas en sus manos o un carnicero no se molesta con el olor a carne cruda, así los mexicanos estamos viviendo acostumbrándonos al dolor, al temor, a la violencia, a la inseguridad, al abuso policiaco, a la impunidad casi total, a coexistir con los narcos y con criminales, que nos rondan, nos acechan, nos conviven y se intercalan entre nosotros.

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Perdimos la capacidad de asombro. O de plano, ante lo que nuestros gobiernos se encargan de hacernos creer inevitable, cerramos los ojos y nos auto engañamos pensando que no sucede, que no es real, que esta distante de nosotros, que a nosotros no nos va a pasar nada. Incluso podríamos ver estragos sociológicos graves, como el síndrome de Estocolmo, donde nuestros ineficaces, fallidos, algunos hasta coludidos y todos ineficientes gobiernos, a pesar de ser plenamente incapaces de brindarnos seguridad pública, a veces les concedemos aplausos por pequeños actos, por acciones y programas que, aunque se pagan con nuestros impuestos, les celebramos… aunque nada hagan por lo verdaderamente importante.

Simplemente por ser incapaces de mantenernos seguros en nuestra personas, integridad, familia y bienes, los gobiernos de México, sus estados y municipios, deberían de ser reprobados. ¿Qué más da si hacen conciertos, riegan las plantas, recogen la basura o conservan los espacios públicos? No podemos pensar que es normal. Alguien debe hacer algo. No podemos seguir siendo víctimas de los criminales y rehenes de nuestros gobiernos… y, además, aplaudirles. No, por favor. Denunciar y pedirle cuentas al gobierno ayuda y sirve, pues si ni eso hacemos, más cínicos, descarados y perversos seguirán sin trabajar, sin enfrentar a la delincuencia, sin hacer lo que deben y para lo que motiva se les pague su sueldo a los políticos en el gobierno.


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