Reposicionamiento de los partidos políticos

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Por: Antonio Maza Pereda

A poco más de una semana de las elecciones, apenas está asentándose el polvo. Con esto quiero decir que las cosas apenas empiezan a verse con un poco de más claridad. Es cierto que todos ganaron algo, pero también es cierto que todos perdieron algo en estas elecciones. Para la ciudadanía, el mayor logro es hacer más difícil la imposición de leyes y, sobre todo, de reformas a la Constitución, gracias a que no hay una mayoría automática que permita hacer cambios constitucionales sin negociar.

Hemos vivido una semana donde en la mayoría de los partidos han estado en un plan triunfalista. Con la excepción, por supuesto, de los nuevos partidos que no lograron su registro. Y es de esperarse: ninguno de los partidos tradicionales reconocerá fácilmente las pérdidas que han sufrido. Sin embargo, ya empiezan a verse algunos inicios de que hay quien propone reformas mayores en los partidos. Reformas que pueden ir de un reposicionamiento hasta una auténtica refundación del partido. Obviamente, y tristemente, esas voces son todavía una minoría entre la clase política.

Desde un punto de vista ciudadano, es importante que logren una diferenciación entre sus diferentes plataformas. Se han fiado en exceso de los resultados de la mercadotecnia política. En particular, de los resultados de las encuestas, las cuales les han dicho con mayor o menor precisión qué es lo que la ciudadanía espera de ellos. Con lo cual, prácticamente todos le están diciendo a la ciudadanía lo que creen que desea escuchar. Y, si las encuestas están bien hechas, el resultado es que las plataformas son muy parecidas. Y si no me cree, dígame ustedes cuál es la diferencia en las plataformas, por ejemplo, del PRI y del PRD. Sí, hay un barniz ideológico en cada uno de ellos, pero la agenda no es muy diferente.

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Por supuesto, en el caso de la 4T, la plataforma es muy distintiva, debido a que la interpretación de la realidad no se basa en las encuestas de la mercadotecnia política, sino en la percepción de su dirigente máximo. Y esto hace que sus propuestas tengan un tinte diferente, aunque los temas no sean muy distintos.

Hay algunos ejemplos notables. Ricardo Monreal, uno de los políticos más fuertes dentro de la 4T, sí está hablando de la necesidad de mejorar la propuesta política de la 4T. A lo cual casi nadie le ha hecho mayor caso, o por lo menos no lo han dicho en público. En el Partido Acción Nacional, también ha habido algunas declaraciones interesantes. Damián Zepeda Vidales, senador de la República hasta 2018, por ejemplo, ha dicho que hay que dejar el triunfalismo y enfrentar de una manera más clara el hecho de que han perdido y no ha sido poco. Dudo mucho que alguien le haga caso: todavía estamos en la borrachera de triunfalismo que vive toda la clase política. Ya vendrá la cruda, y de ahí posiblemente algunos empezarán a pensar en cambios necesarios.

Desde el punto de vista de un ciudadano sin poder, en mi opinión el cambio más necesario para los partidos de oposición es el de construir una agenda pública propia. Mientras sigan estando en un plan reactivo, esperando a ver cuál es la propuesta de la 4T para atacarla, siempre irán un paso atrás. Para cuando reaccionen, la 4T ya estará en el tema siguiente. Y de esa manera, no hay modo de ganarles.

Hay algunos que piden un cambio de fondo. Por ejemplo, Macario Schettino, propone nada menos que un cambio del modo como vemos la historia del país: modificar el mito fundacional del nacionalismo revolucionario y partir desde cero con una nueva narrativa, explicando la situación de las cosas públicas. Tal vez, en un plan menos ambicioso, es necesario construir un nuevo conjunto de propuestas que sean soluciones viables a los grandes problemas nacionales: la seguridad, la pobreza, la salud, las finanzas públicas, la inversión nacional y extranjera, el empleo suficiente y además bien pagado. Por decir algunos de los temas fundamentales. Propuestas que capten la atención y convenzan a la ciudadanía. Al final de cuentas, las posiciones políticas, los votos, sólo son síntomas de algo más profundo: el hecho de que las fuerzas políticas han logrado captar la mente y los corazones de los votantes. O que algunos han comprado voluntades de un modo o de otro. Mientras votemos a la defensiva, con el convencimiento de que ninguno de los candidatos es verdaderamente bueno, sino que es el menos malo o, en todo caso, el bien posible como algunos dicen, la ciudadanía seguirá con un profundo desencanto de lo que ofrecen los políticos.

Ya para cerrar, y un poco desconectado del tema que trata este artículo, es importante comentar el ataque de la 4T a la clase media de este país. Ya no se trata únicamente de una división entre conservadores y liberales. Se trata de una demonización del grupo que también contribuye al sostenimiento del Estado, los que generan mayor valor agregado, aquellos que son parte importante del desarrollo y aquellos en dónde puede estar la solución de muchos de nuestros problemas. No hay ninguna demostración de que los países que destruyen sus clases medias tienen mejor calidad de vida que aquellos que tienen clases medias fuertes. Habrá que ver en qué termina este diferendo. Porque una cosa es hablar mal de los gobiernos anteriores, de corruptos, de irresponsables, y otra muy diferente de hablar mal de aquellos que, antes de la pandemia, eran el 54% de la población.


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