Querido Dios

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Cada día que pasa el mundo se va haciendo, como decía la vieja canción de Los Beatles, un poco más frío: ¿Se acuerda de Hey Jude?… “Who plays it cool by making his world a little colder”. Me parece que ya no es un poco, es un mucho. Vivimos en una sociedad distraída en aspectos insustanciales, nos hemos ido a lo somero, a lo intrascendente. Estamos siendo presa de un individualismo atroz, vacío de valores morales, hedonista, contradictorio, materialista, sin ideales…

Hoy todo se trivializa, se privilegia la ley del mínimo esfuerzo y de la máxima comodidad. La superficialidad invade nuestras vidas y eso nos lleva a la pérdida de un proyecto de vida, y esto a su vez acentúa la soledad interior y con ella viene la depresión y entonces se empieza a dar palos de ciego porque ya nada nos llena, ni nos conmueve, y de ahí las búsquedas y las huidas por las puertas falsas. Es dañino que el hombre deje de preguntarse por el sentido y meta de su vida en común y la suya propia, por ello si quiere vivir humanamente NECESITA formar una estructura que  le dé sentido y orientación.

En su libro “La Rebelión de las Masas”, Ortega y Gasset escribía: “Vivimos en un tiempo que se siente (el ser humano) fabulosamente capaz para realizar, pero no sabe qué realizar. Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia. Con más medios, más saber, más técnicas que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido: puramente a la deriva”. Su libro es de los años treinta, y no obstante la vigencia es extraordinaria. Hoy día el consumismo está en boga, pero entre más cosas tenemos, más desesperados nos sentimos; mientras más cosas externas dominamos, menos dueños somos de nosotros mismos…

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Es urgente redireccionar nuestra existencia, como individuos primero, porque eso va a repercutir en la comunidad de la que somos parte. No debemos quedarnos como mirones de palo frente a la hecatombe que se nos está viniendo encima. Es insoslayable ofrecernos una tregua, tenemos que reencontrarnos con la sencillez, ponerla de nueva cuenta en nuestro corazón y en nuestra cabeza. 
Frente al incontenible deseo de poseer, de acumular y de consumir apostemos a la generosidad; frente a una codicia generalizada privilegiemos a la inteligencia y a la voluntad para entender que no necesitamos vivir en el exceso para sentirnos vivos y felices. 

Son tiempos de reflexión, hagamos un alto en el camino, y con motivo de la celebración del Nacimiento del Niño Jesús, reconciliémonos  con nuestro espíritu. A este mundo del que somos parte lo tienen enfermo muchas conductas, muchas actitudes, muchas acciones, muchas omisiones, regidas por el egoísmo o ¿cómo se explica el inveterado deseo de mandar y dominar a los demás, para sentirse grande y triunfador?, ¿o las razones que funden la violencia y la agresividad generalizadas? Si lo que nos hace falta son océanos de humildad, de mansedumbre y de paz. No es fácil que fluyan en un mundo tan dominado por el desaliento, pero tenemos que intentar que suceda porque no tendría nombre el que lo dejáramos de cabeza, diciendo que no es asunto nuestro y que cada quien su “rollo”. 

Disfrute la Navidad, déjese llevar por el amor apasionado y colmado de ternura de Dios, abrace a sus seres queridos contra su corazón, disfrute la dicha de estar juntos, goce el redescubrir que usted está hecho a imagen y semejanza de su Creador, y por ello jamás estará sólo ,y la vida en el día a día siempre será un milagro asombroso.


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