Palacio sin Gobierno y viceversa

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Los palacios de gobierno son reliquias del pasado. Siguen de pie por inercia, pues cuesta dinero reemplazarlos. Siguen allí porque hay mentalidades que los necesitan. Impera el concepto de que el gobierno se ejerce mediante el ejercicio de autoridad.

Ya no tiene por qué ser así. Y en Nuevo León estamos estrenando un gobierno que ha empezado retirando la silla del Gobernador, otro de los símbolos que nos atan a la forma de gobernar en el pasado. 

Quizá Rodrigo Medina sea el último de los gobernadores que sufrieron el mareo del poder. Los helicópteros, los guardias, y los exhorbitantes gastos en autopromoción. El boato, el aparato y, sobretodo, una gran distancia respecto del pueblo.

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Para gobernar basado en autoridad, es indispensable mostrar prepotencia. Se trata de derrotar al ciudadano de la calle. Hay que intimidar al Pueblo y pintar una raya: yo acá arriba, ustedes allá abajo. Esto proviene de la cultura de los monarcas europeos. Está incorporada en la forma en que la Constitución habilita al Poder Ejecutivo. El Gobernador arma su equipo con casi total autonomía.

Sin embargo, que sea el Palacio la sede del poder, no significa que exista gobierno. El gobierno es un proceso o el resultado de un proceso. Hay gobierno cuando el proceso produce un resultado. Hay gobierno cuando los objetivos empatan con los resultados. Lo contrario es “desgobierno”, y eso es lo que hemos estado aguantando mucho más tiempo del que podemos recordar.

El remedio para un palacio sin gobierno es un gobierno que no requiera del simbolismo de un palacio. La autoridad, en vez de mandar, se convierte en un facilitador. En vez de ordenar, se convierte en promotor de iniciativas ciudadanas. En vez de represión y mordaza, hay lluvia de ideas. En vez de alejamiento, hay puertas abiertas y acceso constante. Debates ágiles y al grano.

Los gobiernos no producen productos como las industrias. No hay transformación de la materia sino decisiones que se van sumando una tras otra para aumentar el potencial de cambio.

El Gobernador ya no es un filtro, sino un amplificador. Ya no es un estorbo, sino un recolector de buenas ideas. Tan fácil que es gobernar cuando el gobernante se da cuenta que la organización no cuesta, es más bien un reacomodo de los mismo recursos haciendo cosas nuevas, actuando bajo otra visión y otras prioridades. 

El “gobierno de la autoridad” tiene que ceder su lugar al “gobierno del conocimiento” y, de ser posible, al de la “sabiduría”. La secuencia es esta: los datos producen información; que se analiza para producir conocimiento; y finalmente, a través de la experiencia acumulada, producen sabiduría. 

La campaña del actual Gobernador dominó gracias a un enfoque moderno de recolección de datos para convertirlos en información; y luego en acciones de contacto con el pueblo que ingresaba en las redes de “El Bronco”. 

Creo que pocas personas han aquilatado al ingeniero Jaime Rodríguez como un consumado analista del fenómeno informativo. Sin embargo, fue él quien personalmente se ocupó de asegurarse que la información fluía, y logró generar mediciones que permitieron posicionarse con mucho mayor eficacia y rapidez que sus contrarios. Las estructuras basadas en autoridad, los partidos, nada pudieron hacer contra las basadas en información confiable, las redes sociales.

Ahora el reto consiste en llevar la modernidad al Gobierno. Tras un gobierno manirroto e irresponsable debe haber muchas oportunidades para recortar, mejorar y eficientar. Cada actividad debe quedar amarrada a resultados para que los beneficios sean claramente redituables. Por lo pronto, las televisoras no cobraron y no aparecieron y nadie las extrañó. Eso ya es ganancia.


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