Ya las vivió México. Son un obligado salto al pasado

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Muchos dirán que hemos fracasado por culpa de los políticos, pues el pueblo es honesto y trabajador.

Eso es una estafa. Sugiere que la sociedad está bien, y que la conducción del “pueblo bueno” debe quedar en manos de candidatos independientes, apolíticos, y todo se arreglará.

Partamos de dos realidades:

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Una, que no todos los políticos son iguales. Los hubo y los hay honestos; hemos avanzado, en múltiples aspectos, por el talento, la capacidad y la generosidad de muchos políticos, empleados y funcionarios públicos.

Otra, que cuando el poder lo detentaba un partido, en él se concentraba, explicablemente, la mayor corrupción; y al democratizarse el poder se democratizó la corrupción partidista. Ahora poco o nada los distingue.

Ello propicia que muchos ciudadanos apoyen —apoyemos— las candidaturas independientes. La cerrazón y el desvío en los partidos las ha reeditado, y el regreso de éstas los obliga a rectificar. El PAN y el PRD están a su favor.

Ahora bien, esas candidaturas, consideradas nuevas e independientes, no son lo uno ni lo otro. Ya las vivió México, y siempre se supo quiénes estaban atrás de ellas, como se sabrá de los patrocinadores de las actuales.

Veamos:

a) Con solo referirnos a la época posrevolucionaria hallaremos que pululaban candidatos independientes. Se formaban clubes electorales efímeros en torno de un caudillo. Ahora se repiten. Aquello fue precisamente lo que confrontó, antes de 1938, a José Vasconcelos con Manuel Gómez Morín. Aquel apostaba a su liderazgo impetuoso y su vasta cultura; éste a la creación y fuerza de las instituciones, por eso fundó el Partido Acción Nacional.

b) Los ahora candidatos independientes en todo caso lo serán de los partidos registrados, si así lo acreditan, pero ello no significa que de nadie dependan ni vayan a depender.

Si el PRI viene imponiendo candidatos en el Partido Verde, por el dominio que sobre éste ejerce, y a quien le asigna tareas de desgaste en beneficio de ambos, ¿resultarán sorprendentes candidatos independientes subrepticiamente impulsados por el propio PRI, o por cualquier otro partido político?

¿Los grupos económicos serán indiferentes ante tales candidaturas?

La misma pregunta vale para otras organizaciones intermedias, como iglesias, sindicatos y ONG, cuando es conocida su injerencia en lo político.

Si están en la cárcel cientos de servidores públicos acusados de vínculos con el narcotráfico —entre ellos Villanueva, ex gobernador de Quintana Roo, y Reina, de Michoacán—, ¿no es de suponer que los facinerosos se relaman los bigotes ante la llegada de esta modernidad? ¡Ya infiltraron a guardias comunitarias y autodefensas tan pronto éstas sustituyeron a las policías municipales!

¿Qué procede? Cuidar que las candidaturas independientes ayuden a ensanchar los cauces democráticos y a corregir la vida de los partidos; que no resulten títeres de los poderes fácticos; y evitar que algunos terminen como candidatos comunitarios, que ya los ha habido, del crimen organizado.


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