Órale, ya sabemos el libreto de memoria. Cada que alguien les señala un error, un lujo sospechoso o una contradicción, los de Morena se ofenden como virgen en cuaresma. “¡Es ataque a la transformación!”, gritan, como si fueran monjitas intocables y no políticos de carne y hueso.
Lo más chistoso es el Alzheimer selectivo que les da. Critican con saña a priistas y panistas, pero se les olvida que varios de sus cuadros más visibles militaron en esos mismos partidos que ahora pintan como la encarnación del mal. De pronto, cambiar de camiseta les borró el historial. ¡Qué conveniente!
Y luego viene el show de la humildad. Andan presumiendo relojes que valen más que un año de salario mínimo, cadenas de oro, propiedades que no cuadran con su sueldo declarado y viajes que ni el presidente de Suiza se echa. Todo con la cara de “yo soy pueblo”, claro. La ambición les chorrea por los poros, pero la disfrazan de “servicio público”.
No es que esté mal que un político tenga lana, siempre y cuando se sepa de dónde salió. Lo cabrón es que te quieran vender la imagen de ascetas revolucionarios mientras lucen como influencers de lujo. Y si les preguntas, responden con indignación moral: “¡Es mi derecho!”. Sí, carnal, pero también es nuestro derecho señalar la hipocresía.
Al final, parece que lo que mueve la máquina no es tanto el pueblo, sino el famoso “es mi turno”. Cambian de partido, cambian de discurso, pero la ambición se queda igualita. Y mientras, el ciudadano de a pie sigue viendo cómo los “nonsanctos” se acomodan en los cargos y luego se rasgan las vestiduras cuando alguien les recuerda que no bajaron del cielo en parachas blancas.
La política mexicana sigue siendo la misma novela, solo que ahora con nueva temporada y diferente reparto. Pero el guion… ese sigue igual de viejo.



























