El senador Higinio Martínez soltó la frase que muchos esperaban oír en Morena: “donde haya corrupción hay que quitarla”. No se anduvo con rodeos el morenista del Estado de México. Días antes, la diputada federal Patricia Arméndariz reconoció en voz alta lo que la calle ya murmura: sí hay corrupción en el partido y la gente percibe que ahora está peor que antes. Lo llamó su “mayor desfestejo” y hasta dijo que no deben proteger a los suyos. Órale, al fin alguien de adentro lo admite sin tanto cuento.
Lo curioso es que mientras estos dos personajes de peso hablan claro, la dirigencia nacional se hace la loca. Ni un “sí, tenemos un problemita” ni un plan para limpiarse la casa. Cero autocrítica oficial. Y eso, compadre, está costando caro. Varias encuestas ya marcan que la preferencia por Morena viene a la baja, precisamente por este tema que tanto prometieron erradicar cuando estaban en la oposición. La Cuarta Transformación prometía acabar con los vicios del viejo régimen, pero parece que algunos vicios se mudaron de partido y hasta se pusieron cómodos.
Higinio y Patricia tienen razón en señalarlo. La corrupción no distingue colores, y cuando la gente siente que “los nuestros” también se sirven con la cuchara grande, la decepción llega rápido. El electorado no es pendejo: ve los lujos, los contratos dudosos y las impunidades que antes criticaban con el dedo en la cara ajena. Ahora el dedo apunta hacia adentro.
Que la dirigencia haga caso a sus propios militantes no sería mala idea. Porque si siguen tapando y negando, el desgaste no se detendrá en las encuestas: terminará cobrándose en las urnas. Al final, la verdadera transformación empieza por barrer primero la propia casa, no nomás la del vecino.




















