viernes, abril 10, 2026
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Lo personal como lastre de lo institucional

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Lo personal, en no pocas ocasiones, desplaza a lo institucional y condiciona las decisiones políticas. Los ejemplos son variados.

La presidenta nacional de Morena se ha referido reiteradamente a quienes no coinciden con las acciones de su partido —no necesariamente la oposición— en términos peyorativos. Esta actitud refleja una postura más personal que la de una dirigente de la fuerza política que encabeza el Estado mexicano.

Algo similar ocurre en el enfrentamiento entre Arturo Ávila, diputado federal de Morena, y Alessandra Rojo de la Vega, alcaldesa en Cuauhtémoc. Por el tono de sus acusaciones semanales, el conflicto ha rebasado lo estrictamente político: los calificativos, insultos y apodos han sustituido cualquier posibilidad de diálogo.

Otro caso es la relación entre el dirigente nacional de Movimiento Ciudadano, Jorge Álvarez Máynez, y el del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas. La propuesta de construir un frente común entre estos partidos y el PAN fue rechazada por el líder del «partido naranja»; sin embargo, lo que siguió no fue un debate sobre las ventajas de una alianza opositora, sino una serie de descalificaciones que revelan algo más que una simple antipatía.

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La presidenta Claudia Sheinbaum también ha entrado en esta dinámica al responder a preguntas críticas con evasivas que sugieren una postura personal, como ocurre al mencionar a Felipe Calderón o a Genaro García Luna.

Esto remite a quien hizo de lo personal un estilo de gobierno. Durante su sexenio, Andrés Manuel López Obrador aludió constantemente a sus enemigos políticos, desde Carlos Salinas de Gortari hasta Felipe Calderón, pero omitió calificativos hacia su antecesor, Enrique Peña Nieto. Tal distinción muestra que evitó señalar la corrupción que escandalizó a la sociedad entre 2012 y 2018 para enfocarse en irregularidades posteriores a 2006.

Estas actitudes han permeado en los simpatizantes de diversos partidos, especialmente en la conversación digital. Señalar a «panistas» o «morenistas» como culpables de cualquier problema nacional es parte de esta tendencia de personalizar el terreno político.

Como se ha criticado antes respecto a la concepción patrimonialista de los cargos públicos, mezclar lo personal con la política partidista impide alcanzar acuerdos. Provoca que un partido se reserve el privilegio de aprobar iniciativas sin considerar al resto, aliados incluidos, como se observó en la reforma electoral.

Ante esto, cabe preguntar si enfrentamos una falta de cultura política y profesionalismo, o si es una costumbre de la clase política para obtener beneficios mediante el uso patrimonialista del poder. Si la política mexicana es intrínsecamente compleja, recurrir a rencillas personales solo añade una capa de dificultad que no beneficia en nada al país.

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