Lecciones colimenses

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“¿Dónde está la presidenta?”, preguntaban, cada vez más desesperados, los panistas Ricardo Anaya, Santiago Creel y Fernando Herrera.

A la alcaldesa de Manzanillo, Gabriela Benavides Cobos, como a Waldo, no se le podía encontrar.

La noche del sábado, unas horas antes de que abrieran las casillas en Colima, la fueron a buscar al ayuntamiento, a su casa e incluso a donde vive su mamá, pero nadie daba razón de ella.

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En esa esquizofrenia que es la democracia mexicana, los funcionarios electos, como la panista Benavides, no tienen papel en las elecciones… salvo en la aportación de recursos para las campañas y la coordinación de los operativos para llevar a los votantes a las urnas.

Eso que los partidos llaman “movilización”.

Al secretario de Elecciones del PAN, el exdiputado federal y exalcalde tijuanense Jesús González Reyes, nadie lo pelaba. Había llegado a Colima justo para eso: asegurar que se llevara a cabo la movilización, pero sus correligionarios colimenses, entre ellos Benavides, le mandaron decir que no se metiera, que ellos la tenían arreglada.

Sí, cómo no.

El domingo fue un desastre para los blanquiazules. Los diez mil votos con los que perdió el candidato Jorge Luis Preciado la elección extraordinaria fueron los mismos que el PAN dejó de ganar. La vez anterior había sido derrotado por una diferencia de apenas 500 sufragios.

Es decir, los partidos repitieron casi mecánicamente su votación de junio pasado, salvo Movimiento Ciudadano, que cosechó dos mil 500 más, y Acción Nacional, que perdió diez mil 300.

¿Dónde quedaron esos votos? En las mesas de casilla, en la forma de boletas no utilizadas.

Haciendo cuentas, los panistas creen que una parte de su electorado se abstuvo de votar, escandalizada por los audios que circularon en campaña sobre la vida privada de Preciado. Otra se fue hacia Movimiento Ciudadano y su candidato, el expanista Leoncio Morán. Pero esas dos causas no explican toda la sangría.

Lo más seguro es que en el PAN hubo mano negra. Y si no, una terrible desorganización que no se dio en junio pasado.

Lo que sea, pero como Godot, los acarreadores panistas de Manzanillo nunca llegaron.

El PAN comenzó mal este año. Dejó que una ventaja de diez puntos en las encuestas en Colima se le esfumara en unos cuantos días.

Hay quienes empiezan a cuestionar si la actual dirigencia, encabezada por Ricardo Anaya, tiene la suficiente experiencia para enfrentar al trabuco tricolor, liderado por ese viejo lobo de mar que es Manlio Fabio Beltrones.

Sumadas a la desavenencia y al desorden internos, las negociaciones con el PRD para construir alianzas electorales han generado al PAN mucho ruido y pocas nueces.

En los corrillos panistas se dice que la carrera por la candidatura presidencial de 2018 está consumiendo mucha energía en el PAN, mientras que los priistas están más concentrados en el aquí y ahora.

El gobernador poblano Rafael Moreno Valle está más interesado en ganar la elección en su estado que en ayudar a que Anaya se pare el cuello en el resto de las entidades que tendrán elecciones. Ambos, junto con Margarita Zavala, son las cartas del partido para 2018. Un partido que aún aparece por delante del PRI en varias encuestas.

En cambio, el PRI tiene aplacados a sus presidenciables. Ninguno rompe con la vieja máxima de no moverse para poder salir en la foto.

Si en el PRI han visto las estadísticas, deben saber que cuando el gobernador es priista, su partido gana tres puntos porcentuales más en los comicios federales, en promedio, que cuando el gobernador es de la oposición.

Como el PRI quiere retener la Presidencia en 2018, se está ocupando por ganar las gubernaturas.

Ya lleva una, pero parece quererlas todas. Su fórmula es una disciplina interna férrea y un ataque despiadado hacia la oposición. Poner de acuerdo a sus aspirantes, involucrar a los actuales gobernadores en las campañas y pegar con todo al contrincante.


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