Laicismo positivo; el Papa en el Congreso

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El mensaje del Papa a los congresistas es una pieza de oratoria memorable

Los padres de la democracia norteamericana fundaron sus instituciones en el laicismo positivo. En los primeros años Roma desconocía el modelo y para definir el papel que la Iglesia Católica habría de jugar en ese inédito contexto, solicitó los servicios del nuncio en París, el avezado Guiseppe Doria Pamphili, ya que la corona francesa era promotora y aliada de la Independencia de las Trece Colonias.

El diplomático fue instruido para que expresara a Benjamín Franklin, a la sazón comisionado de EU en la capital francesa, la intención del papa Pío VI de nombrar como primer superior eclesiástico en su país a un clérigo americano y si no existiera —dada la escasez de religiosos con esa nueva nacionalidad— le preguntara si el Congreso recién creado no se opondría a que se nombrara a un extranjero. Pamphili transmitió la pregunta a Franklin. Respondió: “sería absolutamente inútil enviar la consulta al Congreso, pues este no podría ni debía intervenir en asuntos eclesiásticos de ninguna religión”. ( T. M. Dolan, Un siglo de representación papal en EU, Seton Hall Univesity, 1992).

Con este relato se puede aquilatar no sólo la evolución del laicismo positivo en la república estadounidense, sino el significado político de la presencia del papa Francisco en la máxima tribuna del Capitolio de Washington. Ni a Wojtyla, ni a Ratzinger se les concedió tal honor. Bergoglio no dejó pasar la oportunidad de convertirlo en un acontecimiento histórico.

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El mensaje del Papa a los congresistas es una pieza de oratoria memorable. Por su estructura, por los recursos persuasivos que utiliza y por la asertividad de la que hizo gala para abordar temas altamente polémicos, ante quienes tienen en sus manos el destino del país más poderoso del mundo, se inscribirá entre los grandes discursos del siglo XXI.

Como Pablo de Tarso que se hizo griego entre los griegos y romano entre los romanos, Francisco se fundió con sus oyentes. Llegó a la “tierra de los libres y la patria de los valientes” y les dijo “yo también soy hijo de este gran continente”. Con delicadeza les recordó sus deberes: “la actividad legislativa siempre está basada en la atención al pueblo. A eso han sido invitados, llamados, convocados por las urnas. Se trata de una tarea que me recuerda la figura de Moisés… el patriarca y legislador del pueblo de Israel simboliza la necesidad que tienen los pueblos de mantener la conciencia de unidad por medio de una legislación justa. Por otra parte, la figura de Moisés nos remite directamente a Dios y por lo tanto a la dignidad trascendente del ser humano…”

Entró en materia: “quisiera hoy no sólo dirigirme a ustedes, sino con ustedes y en ustedes a todo el pueblo de Estados Unidos…” Abogó entonces por leyes a favor de los migrantes, “no dar la espalda a los vecinos”; lamentó los extremismos de todo tipo “copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar…” se pronunció contra la pena de muerte. Reiteró su descalificación a la cultura del “descarte” que coloca al dinero por encima de las personas, así como el economicismo que conduce a la degradación del medio ambiente. Todo en la misma línea marcada en su encíclica Laudato si’.

Tomó como símbolos a Abraham Lincoln —la libertad—, a Martin Luther King —el sueño de la plenitud de los derechos para todos—, a Dorothy Day —la justicia para los oprimidos—, a Thomas Merton —la fe que abre el diálogo y siembra paz—. Las cuatro “riquezas de su patrimonio cultural, del alma de su pueblo…”

Los frutos del discurso de Francisco tardarán en revelarse pero el terreno del debate para la elección presidencial de 2016 ya quedó fecundado.


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