La terna para la corte: Trío de Jokers

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Por: Marcos Pérez Esquer

La terna propuesta por el presidente López Obrador al Senado de la República para que se seleccione a quien ocupará el cargo de ministro de la Suprema Corte que en breve dejará José Fernando Franco, dista de ser un trío de ases, de hecho, parece más un trío de jokers. Y no lo digo porque sean payasos, no, de ningún modo me atrevería a insinuar algo así; parece un trío de jokers porque está compuesta por tres comodines, tres perfiles que el presidente ya ha propuesto en varias ocasiones para diversos cargos.

Parece una broma, pero esta es la cuarta vez que el presidente propone a Loretta Ortiz ante el Senado para ocupar algún cargo. En tres de esas ocasiones ha sido para ministra de la Corte. La primera vez fue en diciembre de 2018 cuando el seleccionado fue el hoy ministro Juan Luis González Alcántara, luego, en marzo de 2019, la propuso de nuevo para la Corte cuando el cargo fue asumido por la ministra Yasmín Esquivel, más tarde, en noviembre de 2019, a través de su bancada morenista la propuso para el cargo que hoy ostenta como consejera de la Judicatura Federal, y hoy de nuevo, insiste en que vaya de ministra.

Por su parte, tanto a Verónica De Gyvés como a Bernardo Bátiz, los había propuesto, junto con Alejandro Gertz, para ocupar la titularidad de la Fiscalía General de la República cuando éste último fue el designado. Después, a través de su bancada morenista, propuso a De Gyvés para consejera de la Judicatura, cargo que hoy detenta, mientras que, en diciembre de ese mismo año, nombró a Bátiz también como consejero de la Judicatura.

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Parece que el reciclaje es algo que se le da bien al presidente, y esta terca terna lo deja ver con toda claridad.

Pero lo más importante de todo, es que el presidente se obstine en llevar a los más altos puestos del Poder Judicial de la Federación, a personas que le son sumamente cercanas, casi incondicionales.

Esto es relevante en extremo porque, el principio de independencia judicial podría quedar en entredicho. No es sano que gente tan íntimamente vinculada no solo en lo laboral, sino en lo político-ideológico, y en términos de amistad, sean quienes terminen ocupando los más importantes cargos en otros poderes de la Unión que en principio deberían ser totalmente autónomos e independientes del Poder Ejecutivo.

Recordemos que Bernardo Bátiz, además de ser su gran amigo, y haber estado en el CEN de Morena, fue su Procurador General de Justicia de la Ciudad de México cuando López Obrador fue Jefe de Gobierno.

Eva Verónica De Gyvés también fue funcionaria de su gobierno en la Ciudad de México, pero además, es esposa de Rafael Guerra Álvarez, el abogado que fungió como defensor de López Obrador durante su proceso de desafuero en 2005, y que actualmente ocupa el cargo de presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México (y recién reelecto en estos días por cierto).

Y Loretta Ortiz por su parte, quien ya fue diputada federal por Morena, es esposa del actual titular de la Fiscalía Especializada en Delitos Electorales (FEPADE), José Agustín Ortíz Pinchetti, otro miembro del círculo cercano y de amigos de López Obrador.

Habría que agregar que, como se habrá notado, la terna para este próximo relevo en la Corte, está constituida por tres personas que hoy ocupan asientos en el Consejo de la Judicatura Federal, lo que indica que, independientemente de a quién escoja el Senado, enseguida habrá que abrir un proceso de selección para solventar la vacante que ahí tendrá lugar. Una posición más para López Obrador en el Poder Judicial.

Todo lo anterior, sin considerar que ya hoy, el presidente ha colocado a Yasmín Esquivel como ministra de la Corte, quien es esposa de José María Rioboó, el polémico empresario constructor de los “segundos pisos” de la Ciudad de México, y a Margarita Ríos-Farjat, quien fuere su Jefa del SAT unos meses antes.

No faltará quién piense que los presidentes suelen caer en la tentación de proponer a sus allegados para ocupar esas posiciones, y eso es verdad, pero nunca, jamás, esa inclinación había sido tan evidente y hasta obsesiva.

El apetito por el control absoluto de las instituciones es hoy, de dimensiones despóticas.

 


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