La risa ilumina el alma

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Cuando esto escribo estoy enterándome de la muerte de un señor muy querido por propios y extraños. Hay decesos que se celebran, decía una amiga de mi madre, Primi, le decíamos de cariño, y eso lo dijo cuando una bala perdida le dio a su marido en la mera cabeza  justo en el momento en que él se echaba la segunda cerveza del día en la mesa del barecito al que solía llegar todos los días a eso de las 12 del día. Nunca trabajó el cristiano, Primi lo hacía por él, para él y para su numerosa prole – 9 chiquillos -, y le daba hasta para sus “tragos”, aquel fue el último. De modo que cuando mi madre le fue a dar el pésame, levantó los brazos y la mirada al cielo y le dijo: “No, Rosario, bendito sea Dios que se lo llevó, ya voy a descansar y él pues va a hacer allá con el Padre eterno, lo que siempre le gustó, estar sentadito sin hacer nada”. El de don Roberto se lamenta.

Roberto Gómez Bolaños, nos hizo reír a carcajadas. El “Chespirito” se lo puso el director cinematográfico Agustín P. Delgado, haciendo alusión al diminutivo en la pronunciación castellanizada de William Shakespeare, por su talento y en diminutivo porque era chaparrito. Su “Chavo” y su “Chapulín Colorado” fueron la delicia y lo siguen siendo, de niños jóvenes y adultos. No me acuerdo el día de la semana que pasaban el programa, pero nunca se me olvida, que se volvió costumbre en miles de hogares mexicanos estar listos a la hora en que era televisado, para disfrutarlo.

“El Chavo” se convirtió en referente de los programas televisivos mexicanos exitosos. En Sudamérica lo adoran, igual que a su otra creación, “El Chapulín Colorado”. Mis hijos y los de muchos de mi generación crecieron familiarizados con ellos y con el “Doctor Chapatín” y su inseparable bolsita de papel en la mano, con “Chaparrón Bonaparte”, con “El Chómpiras” y las cachetadas guajoloteras que le plantaba “El Botija”. Eran diálogos simples, sin leperadas ni vulgaridades, que hacían las delicias de quienes los escuchábamos.

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A la vera de Chespirito también despegaron otras figuras queridas para el público que seguía el programa. “El Quico” de Carlos Villagrán, “La Chilindrina” de María Antonieta de las Nieves, Florinda Meza como “Doña Florinda”, Angelines Fernández como “La Bruja del 79”, nuestro saltillense Rubén Aguirre como “El Profesor Girafales”, Edgar Vivar como “El Botija”, el “Don Ramón” de Ramón Valdez, Raúl Padilla el viejito cartero que siempre rememorando el pueblito en el que había nacido.

El programa alcanzó fama internacional. Saben del mismo en España y Estados Unidos, incluso en Italia y en Turquía. Don Roberto también incursionó en teatro, tuve la oportunidad de verlo en su comedia “11 y 12”, con local lleno, fue en el Libanés. Fueron más de 28 mil funciones. También hizo cine, pero fue la televisión la que permitió que su talento fuera conocido en su propio país y allende los mares.

Qué bueno que en vida recibió homenajes y reconocimientos, porque los pudo disfrutar, ya muerta la gente… qué más da. Se supo querido y apreciado, y al final del día es lo que se llevó en el corazón. Don Roberto se queda en el afecto entrañable de los millones de mexicanos y extranjeros que gozamos de su talento, porque nos hizo reír a carcajadas, hasta las lágrimas muchas veces.

Don Roberto es de esos personajes que siempre estarán vivos en la memoria de los recuerdos queridos. Se quedan con nosotros la ingenuidad del “Chavo”, la valentía del “Chapulín Colorado”, la simpatía del “Doctor Chapatín”, la mansedumbre del Chómpiras y las “chiripiolcas” de “Chaparrón Bonaparte”.

La risa es un refugio, leí en alguna parte, ante los sinsabores de la vida y un modo de unirse, en alegría, con las personas que lo rodean. La risa es sol, como escribía Víctor Hugo, que ahuyenta el invierno del rostro humano. Desde el alma, muchas gracias Chespirito.

 

 

 

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